Un retrato de la sociedad occidental

 

Un mundo dividido en pedazos

Alexander Solzhenitsyn
Discurso de graduación en Harvard,
Jueves, 8 de junio, 1978

http://www.conocereisdeverdad.org/website/index.php?id=5911

 

Estoy sinceramente complacido de hallarme con ustedes en esta ocasi√≥n, 327¬į a√Īo lectivo de esta antigua e ilustre universidad. Vayan mis felicitaciones y mis mejores deseos para todos aquellos que hoy se grad√ļan.

El lema de Harvard es “Veritas.” Muchos de ustedes ya han aprendido y otros lo aprender√°n, a lo largo de sus vidas, que la verdad nos elude, si no nos esforzamos plenamente en seguirla. E incluso mientras nos elude, la ilusi√≥n por conocerla todav√≠a persiste y nos lleva a algunos desaciertos. Adem√°s, la verdad raramente es grata; casi siempre es amarga. Tambi√©n hay algunas amarguras en mi discurso de hoy. Pero deseo suscitar esa ansiedad no como un adversario sino como un amigo.

Hace tres a√Īos en Estados Unidos dije ciertas cosas que parec√≠an inaceptables. Hoy, sin embargo, mucha gente coincide con lo que yo he dicho…

Un mundo dividido en pedazos

La divisi√≥n del mundo de hoy es perceptible incluso contemplado superficialmente. Cualquiera de nuestros contempor√°neos r√°pidamente identificar√≠a dos potencias mundiales, cada una de ellas capaz de destruir enteramente a la otra. Sin embargo, la comprensi√≥n de esta divisi√≥n a menudo est√° limitada a la concepci√≥n pol√≠tica, a la ilusi√≥n de que el peligro puede ser conjurado mediante negociaciones diplom√°ticas exitosas o por un cuidadoso equilibrio de fuerzas armadas. La verdad es que esta divisi√≥n es mucho m√°s profunda y m√°s alienante; la ruptura es mayor de lo que puede parecer a primera vista. Esta profunda y m√ļltiple ruptura conlleva el peligro de m√ļltiples desastres para todos nosotros, seg√ļn la antigua verdad de que un reino ‚ÄĒen este caso, nuestra Tierra‚ÄĒ divido contra s√≠ mismo no puede subsistir.

Mundos contempor√°neos

Ah√≠ est√° el concepto de Tercer Mundo: as√≠ pues, ya tenemos tres mundos. Indudablemente, sin embargo, el n√ļmero es incluso mayor, s√≥lo que estamos demasiado lejos para verlo. Algunas antiguas culturas aut√≥nomas est√°n arraigadas profundamente, especialmente si se han extendido sobre la mayor parte de la Tierra, constituyendo un mundo aut√≥nomo, llenas de acertijos y sorpresas para el pensamiento occidental. Como m√≠nimo, debemos incluir en esa categor√≠a a China, la India, el mundo musulm√°n y √Āfrica, si efectivamente aceptamos la aproximaci√≥n de mirar las dos √ļltimas como unidades compactas. Durante mil a√Īos Rusia ha pertenecido a tal categor√≠a, aunque el pensamiento occidental sistem√°ticamente cometa el error de negarle su car√°cter aut√≥nomo, y por ello nunca la entendi√≥, del mismo modo que hoy Occidente no comprende a Rusia en la cautividad comunista. Puede ser que en a√Īos pasados Jap√≥n haya sido, cada vez m√°s, como una parte distante de Occidente; no quiero opinar sobre esto aqu√≠; pero Israel, por ejemplo, pienso que permanece separado del mundo occidental, aunque s√≥lo sea porque su sistema estatal se mantiene ligado a la religi√≥n.

Hace relativamente poco tiempo, el peque√Īo mundo de la Europa moderna f√°cilmente incautaba colonias por todo el globo, no s√≥lo sin ninguna resistencia, sino tambi√©n, por lo general, con desprecio de los posibles valores, en orden a la vida humana, de los pueblos conquistados. En este sentido, tuvo un √©xito abrumador, no hubo fronteras geogr√°ficas para ello. La sociedad occidental se expandi√≥ como un triunfo de humana independencia y poder. Y de repente, en el siglo XX, se descubre su fragilidad e inconsistencia. Ahora vemos que las conquistas probaron ser de corta y precaria vida, y este giro se√Īala los defectos en la visi√≥n del mundo con que Occidente contemplaba dichas conquistas. Las relaciones con el antiguo mundo colonial ahora se han tornado en su contra y el mundo Occidental a menudo llega a extremos de obsequiosidad, pero a√ļn es dif√≠cil estimar la factura total que los antiguos pa√≠ses coloniales presentar√°n a Occidente; es dif√≠cil predecir si la entrega no s√≥lo de las √ļltimas colonias, sino de todo lo que posee ser√° suficiente para que saldar esa cuenta.

Convergencia

Con todo, la ceguera de la superioridad contin√ļa con molestia para todos y sostiene la creencia de que, por todas partes, vastas regiones de nuestro planeta deber√≠an desarrollarse y madurar hasta alcanzar el nivel actual del sistema pol√≠tico occidental, que en teor√≠a es el mejor y en la pr√°ctica el m√°s atractivo. Existe la creencia de que todos aquellos otros mundos est√°n s√≥lo siendo temporalmente impedidos por d√©biles gobiernos, o por fuertes crisis, o por su propia barbarie o incomprensi√≥n para tomar la v√≠a de las democracias pluralistas occidentales y adoptar su forma de vida. Los pa√≠ses son evaluados y juzgados seg√ļn el incremento de su progreso en esta direcci√≥n. Sin embargo, esta concepci√≥n es el fruto de la incomprensi√≥n occidental de la esencia de los otros mundos; es un resultado de medirlos equivocadamente a todos con el mismo criterio occidental. La imagen real del desarrollo de nuestro planeta es completamente diferente.

La angustia provocada por un mundo dividido hizo nacer la teoría de la convergencia entre los principales países occidentales y la Unión Soviética. Es una teoría tranquilizadora que pasa por alto el hecho que esos mundos no están evolucionando similarmente; ni tampoco uno puede ser transformado en otro sin el uso de la violencia. Además, la convergencia inevitablemente implica la aceptación de los defectos de la otra parte, y esto es difícilmente deseable.

Si yo estuviera hoy hablando en un auditorio de mi pa√≠s, examinando el dise√Īo general de la ruptura del mundo me hubiese concentrado en las calamidades del Este. Pero, dado mi forzado exilio en el Oeste desde hace cuatro a√Īos, y ya que mi audiencia es occidental, pienso que puede ser de mayor inter√©s concentrarme en ciertos aspectos del Occidente en nuestros d√≠as, tal como los veo.

El declive de la valentía

La merma de coraje puede ser la caracter√≠stica m√°s sobresaliente que un observador imparcial nota en Occidente en nuestros d√≠as. El mundo Occidental ha perdido en su vida civil el coraje, tanto global como individualmente, en cada pa√≠s, en cada gobierno, en cada partido pol√≠tico y, por supuesto, en las Naciones Unidas. Tal descenso de la valent√≠a se nota particularmente en las √©lites gobernantes e intelectuales y causa una impresi√≥n de cobard√≠a en toda la sociedad. Desde luego, existen muchos individuos valientes, pero no tienen suficiente influencia en la vida p√ļblica. Bur√≥cratas, pol√≠ticos e intelectuales muestran esta depresi√≥n, esta pasividad y esta perplejidad en sus acciones, en sus declaraciones y m√°s a√ļn en sus autojustificaciones tendentes a demostrar cu√°n realista, razonable, inteligente y hasta moralmente justificable resulta fundamentar pol√≠ticas de Estado sobre la debilidad y la cobard√≠a. Y este declive de la valent√≠a es acentuado ir√≥nicamente por las explosiones ocasionales de c√≥lera e inflexibilidad de parte de los mismos funcionarios, cuando tienen que tratar con gobiernos d√©biles, con pa√≠ses que carecen de respaldo, o con corrientes desacreditadas, claramente incapaces de ofrecer resistencia alguna. Pero quedan mudos y paralizados cuando tienen que v√©rselas con gobiernos poderosos y fuerzas amenazadoras, con agresores y con terroristas internacionales.

¬ŅHabr√° que se√Īalar que, desde la m√°s remota antig√ľedad, la p√©rdida de coraje ha sido considerada siempre como el principio del fin?

Bienestar

Cuando se formaron los Estados occidentales modernos, se proclam√≥ como principio fundamental que los gobiernos est√°n para servir al hombre y que √©ste vive para ser libre y alcanzar la felicidad (v√©ase, por ejemplo, la Declaraci√≥n de Independencia norteamericana). Ahora, por fin, durante las √ļltimas d√©cadas, el progreso tecnol√≥gico y social ha permitido la realizaci√≥n de esas aspiraciones: el Estado de Bienestar. Cada ciudadano tiene garantizada la deseada libertad y los bienes materiales en tal cantidad y calidad como para asegurar en teor√≠a el alcance de la felicidad, en el sentido moralmente inferior en que ha sido entendida durante estas √ļltimas d√©cadas. En el proceso, sin embargo, ha sido pasado por alto un detalle psicol√≥gico: el constante deseo de poseer cada vez m√°s cosas y un nivel de vida cada vez m√°s alto, con la obsesi√≥n que esto implica, ha impreso en muchos rostros occidentales rasgos de ansiedad y hasta de depresi√≥n, aunque sea habitual ocultar cuidadosamente estos sentimientos. Esta tensa y activa competencia ha venido a dominar todo el pensamiento humano¬†y no abre, en lo m√°s m√≠nimo, el camino hacia el libre desarrollo espiritual. Se ha garantizado la independencia del individuo a muchos tipos de presi√≥n estatal; la mayor√≠a de las personas gozan del bienestar en una medida que sus padres y abuelos no hubieran siquiera so√Īado obtener; ha sido posible educar a los j√≥venes de acuerdo con estos ideales, conduci√©ndolos hacia el esplendor f√≠sico, felicidad, posesi√≥n de bienes materiales, dinero y tiempo libre, hasta una casi ilimitada libertad de placeres. De este modo ¬Ņqui√©n renunciar√≠a ahora a todo esto? ¬ŅPor qu√© y en beneficio de qu√© habr√≠a uno de arriesgar su preciosa vida en la defensa del bien com√ļn, especialmente en el nebuloso caso en que la seguridad de la propia naci√≥n tuviera que ser defendida en alg√ļn lejano pa√≠s?

Incluso la biología nos dice que la seguridad y el bienestar extremo habitual no resultan ventajosos para un organismo vivo. Hoy, el bienestar en la vida de la sociedad occidental ha comenzado a revelar su máscara perniciosa.

Vida legalista

La sociedad occidental ha elegido para s√≠ misma la organizaci√≥n m√°s adecuada a sus fines, basados, dir√≠a, en la letra de la ley. Los l√≠mites de lo correcto y de los derechos humanos se encuentran determinados por un sistema de leyes, cuyos l√≠mites son muy amplios. La gente en Occidente ha adquirido una considerable capacidad para usar, interpretar y manipular la ley (aun cuando estas leyes tienden a ser tan complicadas que la persona com√ļn no puede ni comprenderlas sin la ayuda de un experto). Todo conflicto se resuelve de acuerdo a la letra de la ley y este procedimiento est√° considerado como una soluci√≥n perfecta. Si uno est√° a cubierto desde el punto de vista legal, ya nada m√°s es requerido. Nadie mencionar√≠a que, a pesar de ello, uno podr√≠a seguir sin tener raz√≥n. Exigir una autolimitaci√≥n o una renuncia a estos derechos, convocar al sacrificio y a asumir riesgos con abnegaci√≥n, sonar√≠a a algo simplemente absurdo. El autocontrol voluntario es algo casi desconocido: todo el mundo se afana por lograr la m√°xima expansi√≥n posible del l√≠mite extremo impuesto por los marcos legales (Una compa√Ī√≠a petrolera es legalmente libre de culpa cuando compra la patente de un nuevo tipo de energ√≠a para prevenir su uso. Un fabricante de un producto alimenticio es legalmente libre de culpa, cuando envenena su producto para darle m√°s larga vida: despu√©s de todo, la gente es libre de no comprarlo).

He pasado toda mi vida bajo un régimen comunista y les diré que una sociedad carente de un marco legal objetivo es algo terrible, en efecto. Pero una sociedad sin otra escala que la legal tampoco es completamente digna del hombre. Una sociedad basada sobre los códigos de la ley, y que nunca llega a algo más elevado, pierde la oportunidad de aprovechar a pleno todo el rango completo de las posibilidades humanas. Un código legal es algo demasiado frío y formal, como para poder tener una influencia beneficiosa sobre la sociedad. Siempre que el fino tejido de la vida se teje de relaciones juridicistas, se crea una atmósfera de mediocridad moral, que paraliza los impulsos más nobles del hombre.

Y será simplemente imposible enfrentar los conflictos de este amenazante siglo con tan sólo el respaldo de una estructura legalista.

La orientación de la libertad

La sociedad occidental actual nos ha hecho ver la diferencia que hay entre una libertad para las buenas acciones y la libertad para las malas. Un estadista que quiera lograr algo importante y altamente constructivo para su país está obligado a moverse con mucha cautela y hasta con timidez. Miles de apresurados (e irresponsables) críticos estarán pendiente de él. Constantemente será desairado por el parlamento y por la prensa. Tendrá que demostrar que cada uno de sus pasos está bien fundamentado y es absolutamente impecable. El resultado final es que una gran persona, auténticamente extraordinaria, no tiene ninguna posibilidad de imponerse. Se le pondrán docenas de trampas desde el mismo inicio. Y de esta manera se le impondrá la mediocridad.

En todas partes es posible, y hasta fácil, socavar el poder administrativo. De hecho, este poder ha sido drásticamente debilitado en todos los países occidentales. La defensa de los derechos individuales ha alcanzado tales extremos, que deja a la sociedad totalmente indefensa contra ciertos individuos. Es hora, en Occidente, de defender no tanto los derechos humanos sino las obligaciones humanas.

Por el otro lado, a la libertad destructiva e irresponsable se le ha concedido un espacio ilimitado. La sociedad ha demostrado tener escasas defensas contra el abismo de la decadencia humana; por ejemplo, contra el abuso de la libertad que conduce a la violencia moral contra los jóvenes, bajo la forma de películas repletas de pornografía, crimen y horror. Todo esto es considerado como parte integrante de la libertad, y se asume que está teóricamente equilibrado por el derecho de los jóvenes a no mirar y a no aceptar. De este modo, la vida organizada en forma legalista demuestra su incapacidad para defenderse de la corrosión de lo perverso.

¬ŅY qu√© podemos decir de los oscuros √°mbitos de la criminalidad? Los l√≠mites legales (especialmente en los Estados Unidos) son lo suficientemente amplios como para alentar, no s√≥lo la libertad individual, sino tambi√©n el abuso de esta libertad. El culpable puede terminar sin castigo, o bien obtener una compasi√≥n inmerecida, todo ello con el apoyo de miles de defensores en la sociedad. Cuando un gobierno seriamente se pone a erradicar la subversi√≥n, la opini√≥n p√ļblica inmediatamente lo acusa de violar los derechos civiles de los terroristas. Hay una buena cantidad de estos casos.

El sesgo de la libertad hacia el Mal se ha producido en forma gradual, pero evidentemente emana de un concepto humanista y benevolente seg√ļn el cual el ser humano ‚ÄĒel rey de la creaci√≥n‚ÄĒ no es portador de ning√ļn mal intr√≠nseco y todos los defectos de la vida resultan causados por sistemas sociales descarriados que, por consiguiente, deben ser corregidos. Sin embargo y extra√Īamente, a pesar de que las mejores condiciones sociales han sido logradas en Occidente, sigue subsistiendo una buena cantidad de cr√≠menes; incluso hay considerablemente m√°s criminalidad en Occidente que en la pauperizada y legalmente arbitraria sociedad sovi√©tica (Es cierto que hay una multitud de prisioneros en nuestros campos de concentraci√≥n acusados de ser criminales, pero la mayor√≠a de ellos jam√°s cometi√≥ crimen alguno. Simplemente trataron de defenderse de un Estado ilegal, que recurr√≠a al terror fuera de un marco jur√≠dico).

La orientación de la prensa

La prensa, por supuesto, goza de la m√°s amplia libertad (Voy a usar el t√©rmino ¬ęprensa¬Ľ para referirme a todos los medios de difusi√≥n masiva). Pero ¬Ņc√≥mo utiliza esta libertad?

Aqu√≠, otra vez, la suprema preocupaci√≥n es no infringir el marco legal. No existe una aut√©ntica responsabilidad moral por la distorsi√≥n o la desproporci√≥n. ¬ŅQu√© clase de responsabilidad tiene el periodista de un diario, frente a sus lectores o frente a la historia? Cuando se ha llevado a la opini√≥n p√ļblica hacia carriles equivocados mediante informaci√≥n inexacta o conclusiones erradas, ¬Ņconocemos alg√ļn caso en que el mismo periodista o el mismo diario lo hayan reconocido, pidiendo disculpas p√ļblicamente? No. Eso perjudicar√≠a a las ventas. Una naci√≥n podr√° sufrir las peores consecuencias por un error semejante, pero el periodista siempre saldr√° impune. Lo m√°s probable es que, con renovado aplomo, s√≥lo empezar√° a escribir exactamente lo contrario de lo que dijo antes.

Dado que se exige una informaci√≥n instant√°nea y cre√≠ble, se hace necesario recurrir a presunciones, rumores y suposiciones para rellenar los huecos; y ninguno de ellos ser√° desmentido. Quedar√°n asentados en la memoria del lector. ¬ŅCu√°ntos juicios apresurados, inmaduros, superficiales y enga√Īosos se expresan todos los d√≠as, primero confundiendo a los lectores y luego dej√°ndolos colgados? La prensa puede, o bien asumir el papel de la opini√≥n p√ļblica, o bien puede pervertirla. De este modo podemos tener a terroristas glorificados como h√©roes; o bien ver c√≥mo asuntos secretos pertenecientes a la defensa nacional resultan p√ļblicamente revelados; o podemos ser testigos de la desvergonzada violaci√≥n de la privacidad de personas famosas, bajo el eslogan de ¬ętodo el mundo tiene derecho a saberlo todo¬Ľ (Aunque √©ste es el falso eslogan de una falsa era. De un valor muy superior es el desacreditado derecho de las personas a no saber; que no se abarroten sus divinas almas con chismes, estupideces y habladur√≠as vanas. Una persona que trabaja y que lleva una vida plena de sentido, no tiene ninguna necesidad de este excesivo y sofocante flujo de informaci√≥n).

Precipitación y superficialidad son la enfermedad psíquica del vigésimo siglo y, más que en cualquier otro lugar, esta enfermedad se refleja en la prensa.El análisis profundo de un problema es anatema para la prensa. Se queda en fórmulas sensacionalistas.

Sin embargo, as√≠ como est√° dispuesta, la prensa se ha convertido en el mayor poder dentro de los pa√≠ses occidentales, excediendo el de las legislaturas, los ejecutivos y los judiciales. Entonces uno querr√≠a preguntar: ¬Ņen virtud de qu√© norma ha sido elegida y ante qui√©n es responsable? En el Este comunista, un periodista es designado abiertamente funcionario del Estado. Pero ¬Ņqui√©n ha elegido a los periodistas occidentales que ocupan esta posici√≥n de poder, y por cuanto tiempo, y con qu√© prerrogativas?

Existe todav√≠a otra sorpresa, para alguien que viene del Este totalitario con su prensa rigurosamente unificada. Uno descubre una com√ļn tendencia de preferencias dentro de la generalidad de la prensa occidental (el esp√≠ritu de la √©poca), modelos de juicio generalmente aceptados, y quiz√°s hasta intereses corporativos comunes, con lo que el efecto resultante no es el de la competencia sino el de la unificaci√≥n. Existe una libertad irrestricta para la prensa, pero no para los lectores, porque los diarios transmiten mayormente, de un modo forzado y sistem√°tico, aquellas opiniones que no se contradicen en forma demasiado abierta con su propia opini√≥n y con la tendencia general mencionada.

Una moda en el pensamiento

Sin ninguna censura en Occidente, las tendencias de moda en el pensamiento y en las ideas resultan fastidiosamente separadas de aquellas que no est√°n de moda y estas √ļltimas, sin llegar a ser jam√°s prohibidas, tienen muy escasas posibilidades de verse reflejadas en peri√≥dicos y libros, o de ser o√≠das en universidades. Vuestros acad√©micos son libres en un sentido legal, pero est√°nacorralados por la moda del capricho predominante. No existe la violencia expl√≠cita del Este; pero una selecci√≥n impuesta por la moda y por la necesidad de acomodarse a las normas masivas, frecuentemente impide que las personas con mayor independencia de criterio contribuyan a la vida p√ļblica. Hay una peligrosa tendencia a formar manada, apagando las iniciativas valiosas. En los Estados Unidos he recibido cartas de personas altamente inteligentes ‚ÄĒcomo, por ejemplo, el maestro de un peque√Īo colegio lejano‚ÄĒ que hubiera podido hacer mucho por la renovaci√≥n y salvaci√≥n de su pa√≠s, pero su pa√≠s no pudo escucharlo porque los medios no le ofrec√≠an un foro adecuado. Esto da lugar a fuertes prejuicios masivos, a una ceguera que es peligrosa en nuestra era tan din√°mica. Un ejemplo de ello es la interpretaci√≥n autocomplaciente del estado de cosas en el mundo contempor√°neo, que funciona como una especie de armadura puesta alrededor de la mente de las personas, hasta el punto de que las voces humanas de diecisiete pa√≠ses de Europa Oriental y del Lejano Oriente asi√°tico no pueden perforarla. S√≥lo se terminar√° rompiendo por la inexorable palanca de los acontecimientos.

He mencionado unos pocos rasgos de la vida occidental que sorprenden y asombran a un recién llegado a este mundo. El propósito y los alcances de esta disertación me impiden continuar con este examen, particularmente en lo relacionado con el impacto que estas características tienen sobre importantes aspectos de la vida de una nación, tales como la educación, tanto la elemental como la avanzada en artes y humanidades.

Socialismo

Est√° casi universalmente aceptado que Occidente le muestra al resto del mundo el camino hacia el desarrollo econ√≥mico exitoso, a√ļn cuando en los √ļltimos a√Īos ha sido perturbado fuertemente por una ca√≥tica inflaci√≥n. Con todo, muchas personas que viven en Occidente est√°n insatisfechas con su propia sociedad. La desprecian o la acusan de no estar ya al nivel de lo que requiere la madurez de la humanidad. Y esto empuja a muchos a inclinarse hacia el socialismo, lo cual es una falsa y peligrosa tendencia.

Espero que ninguno de los presentes sospechar√° que expreso mi cr√≠tica parcial al sistema occidental, a fin de sugerir el socialismo como alternativa. No. Con la experiencia que tengo de un pa√≠s en donde el socialismo ha sido instituido, no hablar√© de una alternativa as√≠. El matem√°tico Igor Shafarevich, miembro de la Academia Sovi√©tica de Ciencias, ha escrito un libro brillantemente argumentado titulado ¬ęSocialismo¬Ľ, en el cual efect√ļa un penetrante an√°lisis hist√≥rico y demuestra que el socialismo, de cualquier tipo o matiz, conduce a la destrucci√≥n total del esp√≠ritu humano y a la nivelaci√≥n de la humanidad en la muerte. El libro de Shafarevich fue publicado en Francia hace ya casi dos a√Īos y hasta el presente no se ha encontrado a nadie capaz de refutarlo. Dentro de poco, se publicar√° en ingl√©s en los Estados Unidos.

No es un modelo

Pero si alguien me preguntara, en cambio, si yo propondría a Occidente, tal como es en la actualidad, como modelo para mi país, francamente respondería en forma negativa. No. No recomendaría vuestra sociedad como un ideal para la transformación de la nuestra. A través de profundos sufrimientos, las personas en nuestro país han tenido un desarrollo espiritual de tal intensidad que el sistema occidental, en su presente estado de agotamiento, ya no aparece como atractivo. Incluso las características de vuestra vida, que acabo de enumerar, resultan extremadamente entristecedoras.

Un hecho que no puede ser cuestionado es el debilitamiento de la personalidad humana en Occidente, mientras que en el Este esa personalidad se ha vuelto m√°s firme y m√°s fuerte. Seis d√©cadas para nuestra gente y tres d√©cadas para la de Europa Oriental; durante todo este tiempo hemos pasado por un entrenamiento espiritual que aventaja, de lejos, a lo experimentado por Occidente. La compleja y mortal presi√≥n de la vida cotidiana ha producido personalidades m√°s fuertes, m√°s profundas y m√°s interesantes que las generadas por el bienestar estandardizado de Occidente. Por lo tanto, si nuestra sociedad hubiese de ser transformada en la vuestra, ello significar√≠a una mejora en determinados aspectos, pero tambi√©n un empeoramiento en algunos puntos particularmente significativos. Por supuesto, una sociedad no puede permanecer indefinidamente en un abismo de arbitrariedad legal, como es el caso de nuestro pa√≠s. Pero tambi√©n le resultar√° denigrante elegir la autom√°tica suavidad legalista, como es vuestro caso. Despu√©s de d√©cadas de sufrimiento, violencia y opresi√≥n, el alma humana anhela cosas m√°s altas, m√°s c√°lidas y m√°s puras que las ofrecidas por los h√°bitos de convivencia masiva introducidos por la invasi√≥n repugnante de la publicidad, el aturdimiento televisivo y la m√ļsica insoportable.

Todo esto es visible para numerosos observadores de todos los mundos de nuestro planeta. Resulta cada vez menos probable que el estilo de vida occidental se convierta en el modelo a seguir.

Hay advertencias significativas de la historia, para una sociedad amenazada de muerte. Tal es, por ejemplo, la decadencia del arte, o la carencia de grandes estadistas. Hay otras advertencias abiertas y evidentes, también. El centro de su democracia y de su cultura se lesiona tan sólo por la ausencia de energía eléctrica durante algunas horas, pues repentinamente muchedumbres de ciudadanos americanos comienzan a saquear y a causar estrago. La capa superficial de protección debe ser muy delgada, lo que indica que el sistema social resulta inestable y malsano.

Pero la lucha por nuestro planeta, en lo f√≠sico y en lo espiritual, esa lucha de proporciones c√≥smicas no es una vaga cuesti√≥n del futuro. Ya ha comenzado. Las fuerzas del Mal ya han lanzado su ofensiva decisiva. Podr√≠ais sentir su presi√≥n, pero vuestros monitores y vuestras publicaciones todav√≠a est√°n llenas de las obligatorias sonrisas y de los brindis con los vasos en alto. ¬ŅA qu√© viene tanta alegr√≠a?

Miopía

Algunos representantes muy bien conocidos de su sociedad, tales como George Kennan, dicen: no podemos aplicar criterios morales a la pol√≠tica. As√≠ mezclamos el bien y el mal, lo derecho y lo torcido y damos oportunidad para el triunfo absoluto del mal en el mundo. Por el contrario, s√≥lo los criterios morales puede ayudar a Occidente contra la estrategia bien prevista del mundo del comunismo. No hay otros criterios. Las consideraciones pr√°cticas u ocasionales de cualquier clase ser√°n barridas inevitablemente por la estrategia comunista. Despu√©s de haber alcanzado un cierto nivel del problema, el pensamiento legalista induce a la par√°lisis; evita que uno vea el tama√Īo y significado de los acontecimientos reales.

A pesar de la abundancia de informaci√≥n, o quiz√° debido a ella, Occidente tiene dificultades para entender la realidad tal como es. Ha habido predicciones ingenuas de algunos expertos americanos, que creyeron que Angola se convirti√≥ en el Vietnam de la Uni√≥n Sovi√©tica o que la expedici√≥n cubana en √Āfrica ser√≠a detenida por la especial atenci√≥n de Estados Unidos a Cuba. El consejo de Kennan a su propio pa√≠s ‚ÄĒcomenzar el desarme unilateral‚ÄĒ pertenece a la misma categor√≠a. ¬°Si usted supiera c√≥mo se r√≠en de sus magos pol√≠ticos los funcionarios del Moscow Old Square [1]! En cuanto a Fidel Castro, √©l francamente desprecia a Estados Unidos, enviando a sus tropas a aventuras distantes, estando su pa√≠s junto al de ustedes.

Sin embargo, el error m√°s cruel ocurri√≥ con la incomprensi√≥n de la guerra de Vietnam. Algunos quer√≠an sinceramente que todas las guerras se detuvieran cuanto antes; otros creyeron que deb√≠a haber lugar para la autodeterminaci√≥n en Vietnam, o en Camboya, como vemos hoy con claridad particular. Pero los miembros del movimiento pacifista de Estados Unidos participaron en la traici√≥n a lejanas naciones del Este, en un genocidio, y en el sufrimiento impuesto hoy a 30 millones de personas de aquellos pa√≠ses. ¬ŅEsos pacifistas convencidos oyen los gemidos que vienen de all√°? ¬ŅEntienden su responsabilidad hoy? ¬ŅO prefieren no o√≠r? La CIA americana perdi√≥ su nervio y, como consecuencia, el peligro se ha acercado mucho m√°s a los Estados Unidos. Pero no hay conocimiento de esto. La miop√≠a de los pol√≠ticos que firmaron una precipitada capitulaci√≥n en Vietnam, aparentemente dieron a Am√©rica un respiro de despreocupaci√≥n; sin embargo, un Vietnam multiplicado por cien asoma ahora sobre ustedes. Ese Vietnam peque√Īo hab√≠a sido una advertencia y una ocasi√≥n para movilizar el valor de la naci√≥n. Pero si una Am√©rica completamente pertrechada sufri√≥ una verdadera derrota por parte de un peque√Īo pa√≠s comunista, ¬Ņc√≥mo puede Occidente esperar permanecer firme en el futuro?

Ya he tenido ocasi√≥n de decir que, en el siglo XX, la democracia no ha ganado ninguna guerra importante sin la ayuda y protecci√≥n de un aliado continental, cuya filosof√≠a e ideolog√≠a no se pregunt√≥. En la Segunda Guerra Mundial contra Hitler, en vez de ganar esa guerra con sus propias fuerzas, que hubieran sido ciertamente suficientes, la democracia occidental cultiv√≥ a otro enemigo con m√°s poder todav√≠a, pues Hitler nunca tuvo tantos recursos y tanta gente, ni ofreci√≥ ideas atractivas, ni tuvo una gran cantidad de partidarios en el oeste ‚ÄĒuna quinta columna potencial‚ÄĒ como la Uni√≥n Sovi√©tica. Actualmente, algunas voces occidentales han hablado ya de obtener la protecci√≥n de un tercer poder contra la agresi√≥n en el pr√≥ximo conflicto mundial, si lo hay; en este caso, el protector ser√≠a China. Pero no le desear√≠a tal protector a ning√ļn pa√≠s en el mundo. Primero de todo, es otra vez una alianza con el Mal; adem√°s, conceder√≠a a Estados Unidos un plazo, pero cuando a √ļltima hora China con sus mil millones personas se volteara armada con las armas americanas, Am√©rica misma caer√≠a presa de un genocidio similar al que se est√° perpetrando en Camboya en nuestros d√≠as.

Pérdida de voluntad

Pero ning√ļn arma, no importa cu√°l sea su poder, pueden ayudar a Occidente mientras no supere la p√©rdida de su fuerza de voluntad. En un estado de la debilidad psicol√≥gica, las armas se convierten en una carga para el lado de quienes capitulan. Para defenderse, uno debe tambi√©n estar preparado para morir; esta preparaci√≥n escasea en una sociedad educada en el culto del bienestar material. Nada queda entonces, solamente las concesiones, intentos de ganar tiempo y la traici√≥n. As√≠, en la vergonzosa conferencia de Belgrado, los diplom√°ticos del Occidente libre entregaron, en su debilidad, la frontera donde los miembros de los Grupos Vigilantes de Helsinki est√°n sacrificando sus vidas.

El pensamiento occidental ha llegado a ser conservador: la situaci√≥n del mundo debe permanecer como est√° a cualquier coste, ah√≠ no debe acontecer ning√ļn cambio. Este sue√Īo debilitante de un status quo irreformable es el s√≠ntoma de una sociedad que ha llegado al final de su desarrollo. Uno debe ser ciego para no ver que los oc√©anos ya no pertenecen a Occidente, mientras que la tierra bajo su dominio sigue disminuyendo. Las dos llamadas guerras mundiales (en realidad todav√≠a estaban lejos de tener esa escala mundial) han significado la autodestrucci√≥n interna del peque√Īo y progresivo Occidente, que ha preparado as√≠ su propio final. La siguiente guerra (que no tiene que ser at√≥mica y no creo que lo sea) puede quemar la civilizaci√≥n occidental para siempre.

Enfrentando tales peligros con tantos valores hist√≥ricos en su pasado, con tan alto nivel de realizaci√≥n de la libertad y de devoci√≥n a la libertad, ¬Ņc√≥mo es posible perder en tal grado la voluntad para defenderse?

Humanismo y sus consecuencias

¬ŅC√≥mo es que se ha producido esta adversa relaci√≥n de fuerzas? ¬ŅC√≥mo es que Occidente ha ca√≠do de su marcha triunfal hasta su debilidad presente? ¬ŅAcaso han existido desv√≠os fatales y p√©rdidas de orientaci√≥n en su desarrollo? No parece ser as√≠. Occidente se mantuvo avanzando en forma constante, de acuerdo con sus proclamadas intenciones sociales, a la par de su asombroso progreso tecnol√≥gico. Y s√ļbitamente se ha encontrado en su posici√≥n actual de debilidad.

Esto significa que el error debe de estar en la ra√≠z, en la misma base del pensamiento humano de los √ļltimos siglos. Me refiero a la visi√≥n occidental que prevalece en el mundo de hoy, que nace del Renacimiento y encuentra su expresi√≥n pol√≠tica a partir de la Ilustraci√≥n. Esta visi√≥n se convirti√≥ en la base de todas las doctrinas pol√≠ticas o sociales y podr√≠amos llamarla humanismo racionalista o autarqu√≠a human√≠stica. Es la autoproclamada y practicada autonom√≠a del ser humano de cualquier fuerza superior. Tambi√©n podr√≠a ser llamado antropocentrismo, con el ser humano visto como ocupando el centro de todo lo que existe.

El punto de inflexión provocado por el Renacimiento probablemente fue inevitable desde el punto de vista histórico. La Edad Media había llegado a su término natural por agotamiento, convirtiéndose en una represión despótica intolerable de la naturaleza física del ser humano, a favor de su naturaleza espiritual. Pero después nos retiramos de lo espiritual y fuimos abrazando todo lo que es material de un modo excesivo e ilimitado. La nueva forma humanística del pensamiento, que había sido proclamada como nuestra guía, no admitía la existencia de una maldad intrínseca en el ser humano, ni entreveía una misión más elevada que el logro de la felicidad terrenal. Dio inicio a la civilización occidental con una peligrosa tendencia a idolatrar al hombre y sus necesidades materiales. Todo lo que estaba más allá del bienestar físico y de la acumulación de bienes materiales; todas las demás necesidades y características humanas de una naturaleza superior y más sutil, quedaron fuera del área de atención de los sistemas sociales y estatales, como si la vida humana no tuviese un significado superior. Eso proporcionó su acceso al Mal, que en nuestros días fluye libre y constante. La simple libertad per se no resuelve lo más mínimo todos los problemas de la vida humana, y hasta agrega una buena cantidad de problemas nuevos.

Y a√ļn as√≠, en las primeras democracias, como en la democracia norteamericana por la √©poca de su nacimiento, todos los derechos humanos fueron conferidos sobre la base de que el ser humano es una criatura de Dios. Esto es: la libertad le fue conferida al individuo en forma condicional, en la presunci√≥n de su constante responsabilidad religiosa. √Čsa era la tradici√≥n de los mil a√Īos precedentes. Hace doscientos y hasta hace cincuenta a√Īos atr√°s, hubiera sido casi inimaginable en los Estados Unidos que se le concediese la libertad ilimitada a un individuo, simplemente para la satisfacci√≥n de sus caprichos personales.

Despu√©s, sin embargo, todas estas limitaciones resultaron erosionadas en la totalidad de Occidente. Se produjo una emancipaci√≥n absoluta de la herencia moral de los siglos cristianos, con sus grandes reservas de misericordia y sacrificio. Los sistemas estatales se volvieron aun m√°s materialistas. Finalmente, Occidente conquist√≥ los derechos humanos, incluso en exceso,pero el sentido de responsabilidad del ser humano ante Dios y ante la sociedad se ha vuelto cada vez m√°s d√©bil. Durante las √ļltimas d√©cadas, el ego√≠smo legalista de la cosmovisi√≥n occidental ha llegado a su apogeo y el mundo se encuentra en una aguda crisis espiritual y en una transici√≥n pol√≠tica. Todos los celebrados logros tecnol√≥gicos del progreso, incluyendo la conquista del espacio exterior, no alcanzan para redimir la pobreza moral del siglo XX, una pobreza que nadie hubiera imaginado incluso todav√≠a hacia fines del siglo XIX.

Un parentesco inesperado

En la medida en que el humanismo en su desarrollo se fue volviendo m√°s y m√°s materialista, progresivamente cre√≥ conceptos que resultaron utilizados por el socialismo primero y por el comunismo despu√©s. De este modo, Carlos Marx pudo decir, en 1844, que ¬ęel comunismo es humanismo naturalizado¬Ľ.

Esta afirmaci√≥n no es enteramente irracional. Uno puede detectar las mismas piedras fundamentales de un humanismo erosionado en cualquier tipo de socialismo: materialismo ilimitado; liberaci√≥n de la religi√≥n y de la responsabilidad religiosa (algo que en los reg√≠menes comunistas llega al estadio de la dictadura antirreligiosa); concentraci√≥n de las estructuras sociales bajo un criterio supuestamente cient√≠fico (esto √ļltimo es t√≠pico tanto de la Ilustraci√≥n como del marxismo). No es ninguna casualidad que las grandes promesas ret√≥ricas del comunismo giren alrededor del Hombre (con ¬ęH¬Ľ may√ļscula) y su felicidad terrenal. A primera vista parece un feo paralelismo: ¬Ņtendencias comunes en el pensamiento y en el estilo de vida del Occidente y del Este actuales? Pero √©sa es la l√≥gica del desarrollo materialista.

M√°s a√ļn, la interrelaci√≥n es tal que la corriente materialista que est√° m√°s hacia la izquierda, siendo de ese modo la m√°s consistente, siempre demuestra ser la m√°s fuerte, la m√°s atractiva y victoriosa. El humanismo ha perdido su herencia cristiana y no puede prevalecer en esta competencia. De esta forma, durante los siglos pasados, y especialmente durante las d√©cadas recientes, a medida que el proceso se fue volviendo m√°s agudo, el alineamiento de las fuerzas fue como sigue: el liberalismo result√≥ inevitablemente desplazado por el extremismo; el extremismo tuvo que rendirse ante el socialismo y el socialismo no pudo resistirse al comunismo.

El r√©gimen comunista en el Este ha podido perdurar y crecer gracias al entusiasta apoyo de un enorme n√ļmero de intelectuales occidentales quienes (¬°sintiendo el parentesco!) se negaron a ver los cr√≠menes de los comunistas y, cuando ya no pudieron seguir neg√°ndolos, intentaron justificarlos. El problema persiste: en nuestros Estados del Este, el comunismo ha sufrido una derrota ideol√≥gica total; su prestigio es cero y aun menos que cero. Y a pesar de eso los intelectuales occidentales todav√≠a lo miran con considerable inter√©s y afinidad, siendo esto precisamente lo que hace tan inmensamente dif√≠cil a Occidente el resistirse ante el Este.

Antes del cambio

No voy a examinar el caso de un desastre producido por una guerra mundial y los cambios que producir√≠a en la sociedad. Mientras nos despertemos todas las ma√Īanas bajo un pac√≠fico sol, tendremos que llevar una vida cotidiana. Pero hay un desastre que ya est√° muy entre nosotros. Estoy refiri√©ndome a la calamidad de una conciencia desespiritualizada y de un humanismo irreligioso.

Este criterio ha hecho del hombre la medida de todas las cosas que existen sobre la tierra; ese mismo ser humano imperfecto que nunca está libre de jactancia, egoísmo, envidia, vanidad y toda una docena de otros defectos. Estamos ahora pagando por los errores que no fueron apropiadamente evaluados al inicio de la jornada. Por el camino del Renacimiento hasta nuestros días hemos enriquecido nuestra experiencia, pero hemos perdido el concepto de una Entidad Suprema Completa que solía limitar nuestras pasiones y nuestra irresponsabilidad.

Hemos puesto demasiadas esperanzas en la pol√≠tica y en las reformas sociales, s√≥lo para descubrir que terminamos despojados de nuestra posesi√≥n m√°s preciada: nuestra vida espiritual, que est√° siendo pisoteada por la jaur√≠a partidaria en el Este y por la jaur√≠a comercial en Occidente. √Čsta es la esencia de la crisis: la escisi√≥n del mundo es menos aterradora que la similitud de la enfermedad que ataca a sus miembros principales.

Si, como pretende el humanismo, el ser humano naciese solamente para ser feliz, no nacer√≠a para morir. Desde el momento en que su cuerpo est√° condenado a muerte, su misi√≥n sobre la tierra evidentemente debe ser m√°s espiritual y no s√≥lo disfrutar incontrolablemente de la vida diaria; no la b√ļsqueda de las mejores formas de obtener bienes materiales y su despreocupado consumo. Tiene que ser el cumplimiento de un serio y permanente deber, de modo tal que el paso de uno por la vida se convierta, sobre todo, en una experiencia de crecimiento moral. Para dejar la vida siendo un ser humano mejor que el que entr√≥ en ella.

Es imperativo reconsiderar la escala de los valores humanos usuales; su presente tergiversaci√≥n es pasmosa. No es posible que la evaluaci√≥n del desempe√Īo de un Presidente se reduzca a la cuesti√≥n de cu√°nto dinero gana uno o a la disponibilidad de gasolina. Solamente alimentando voluntariamente en nosotros mismos un autocontrol sereno y libremente aceptado, puede la humanidad erguirse por encima de la tendencia mundial al materialismo.

Hoy sería retrógrado aferrarnos a las petrificadas fórmulas de la Ilustración. Un dogmatismo social de esa especie nos deja inermes frente a los desafíos de nuestros tiempos.

A√ļn si nos libramos de la destrucci√≥n por la guerra, la vida tendr√° que cambiar bajo pena de perecer por s√≠ misma. No podemos evitar una reevaluaci√≥n de las definiciones fundamentales de la vida y de la sociedad. ¬ŅEs cierto que el ser humano est√° por encima de todas las cosas? ¬ŅNo hay un Esp√≠ritu Superior por encima de √©l? ¬ŅEst√° bien que la vida de una persona y las actividades de una sociedad est√©n guiadas sobre todo por una expansi√≥n material? ¬ŅEs permisible promover esa expansi√≥n a costa de la integridad de nuestra vida espiritual?

Si el mundo no se ha acercado a su fin, al menos ha arribado a una importante divisoria de aguas en la Historia, igual en importancia que el paso de la Edad Media al Renacimiento. Demandar√° de nosotros un fuego espiritual. Tendremos que alzarnos a la altura de una nueva visi√≥n, a un nuevo nivel de vida, donde nuestra naturaleza f√≠sica no sea anatematizada como en la Edad Media, pero, m√°s centralmente a√ļn, nuestro ser espiritual no sea pisoteado como en la Edad Moderna.

La ascensión es similar a un escalamiento hacia la próxima etapa antropológica. Nadie, en todo el mundo, tiene más salida que hacia un solo lado: hacia arriba.

 

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Notas:

[1] La Old Square en Mosc√ļ (Staraya Ploshchad) es la plaza donde reside el cuartel general del Comit√© Central del Partido Comunista de la Uni√≥n Sovi√©tica (CPSU); este es el verdadero nombre de lo que en Occidente es conocido como ¬ęEl Kremlin¬Ľ

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