Posibles causas de la situación actual

 

1. Los artistas y los hombres de ciencia son descubridores

 

¿La moda del afán de novedades aparentes, que ha caracterizado a los siglos XX y principios del XXI, ha de entenderse como un simple cambio de gustos, por cansancio, respecto de la etapa anterior, y como una mera reacción pendular contra el anquilosamiento estético de los academicistas del siglo XIX?

Ciertamente aquéllos, con su cerrazón e inmovilismo, asfixiaban el arte. Verdaderos artistas experimentaron una auténtica necesidad de buscar aire libre, de abrir puertas y ventanas a la naturaleza, y de enriquecer así el arte con nuevos hallazgos. Análogamente a como los científicos no cesan de descubrir, de revelar la entraña compleja y misteriosa de la naturaleza, también los pintores “impresionistas”, como por instinto, abrieron sus ojos —y con ellos, inteligencia y sensibilidad— hacia donde podían encontrar…; frente a la cerrazón de los academicistas, ellos se enfrentaron al campo abierto e inmenso de la naturaleza. Hombres de ciencia y artistas coincidieron en la “escucha” atenta de las lecciones insondables que —silenciosamente— imparte el universo próximo o lejano. Unos y otros han probado, repetidamente, el licor de la sabiduría. “El silencio es la primera piedra del templo de la sabiduría. Escucha, serás sabio; el comienzo de la sabiduría es el silencio” (Pitágoras).

La nueva actitud de los “impresionistas”, con relación al inmovilismo academicista, comportó necesariamente cambios en el arte, pero sobre todo descubrimientos artísticos, obras maestras de un arte imperecedero (o lo que es igual, perennemente nuevo). Ellos no olvidaron nunca que lo principal para un pintor es la búsqueda de la belleza artística. Los cambios externos o “ad extra” (con relación al medio cultural) no son por sí mismos camino del arte; más bien sí lo son los cambios internos o “ad intra”; esto es, la progresión del artista, dentro de su propio estilo, hacia la perfección. Casi al comienzo de texto Mi pintura, contenido en esta página web, se encuentra la cita de Gustave Thibon “hay infinitamente menos novedad en las rápidas cabriolas de la moda, que en el esfuerzo lento y continuo hacia la perfección, propio del verdadero estilo”.1

Hoy en día, lamentablemente, muchos valoran las obras —cuadros o esculturas— por el cambio externo (cambio “ad extra”) que provocan, y no tanto por la intrínseca sustancia artística que contienen. El impulso inicial dado por los “impresionistas” a favor de un cambio inevitable, ha degenerado en un descenso acelerado por la pendiente del cambio; poco importa ya la conquista —tantas veces ardua y gradual— de lo imperecedero; nos contentamos con sorprender cambiando.

 

2. Actitudes opuestas ante la naturaleza

 

¿Y qué queda de aquella apertura hacia la cátedra de la naturaleza, en la que han sido aleccionados artistas y científicos de todas las épocas? Que juzgue cada cual… pero lo que predomina actualmente es el darle la espalda, la huida de la naturaleza. Algunos consideran que puede ser más creativo e innovador un arte sin referencia aparente a la naturaleza; pues ¡adelante!, esta vía es ciertamente muy válida y merece ser recorrida… En los textos Mi pintura y Pintura intemporal y “arte contemporáneo”, contenidos en www.jrtrigo.es, se engloban estas actitudes dentro de las manifestaciones del afán de novedades aparentes, análogas —algunas— a las ya sucedidas en épocas pretéritas de decadencia histórica… ¿Y por qué esto?, ¿es posible hallar una causa más profunda que justifique el rechazo?, podríamos insistir preguntando. Acaso porque, como recoge el dicho popular, “el que no actúa como piensa, acaba pensando como actúa”. El alejamiento del orden natural en la propia conducta ha conducido a no pocos artistas de esta etapa histórica a la falta de respeto, a un enfrentamiento arrogante y lleno de desprecio hacia la naturaleza, o incluso a su rechazo. ¡Qué contraste tan extremo con el acercamiento casi reverencial, lleno de admiración y de amor hacia la naturaleza, que es común a todos los autores del arte más excelente que conocemos, a quienes mostraron que el espíritu humano es en ocasiones capaz de trascender hasta lo más sublime y sobrehumano! Sorprende la mutación radical del hombre Picasso: el mismo que en su primera época realizó cuadros de gran humanidad, luego, con el paso de los años, pareció agriarse y proyectó en sus obras las características que acabo de enunciar (un acercamiento —a veces— arrogante y lleno de desprecio, con deformaciones denigratorias de la naturaleza, hasta la fobia del ser humano).

 

3. El orden natural y su rechazo

 

En el acercamiento a la belleza nuestra cultura acusa una distorsión: se queda, tantas veces, en la pura belleza efímera y aparente, incapaz de remitir a algo trascendente. Es el triunfo de un esteticismo que busca los aspectos plásticos divorciados o al margen de la verdad y del bien, de los cuales la belleza podría ser su esplendor, su irradiación…; la verdad, el bien y la belleza forman una trinidad que no deberíamos separar; son los tres trascendentales del ser (así llamados en filosofía): formas diversas de presentarse la realidad a nuestro conocimiento. Si el icono nos remite a una belleza, a una verdad, a un bien que trascienden la materialidad de tal obra artística, las propuestas artísticas de nuestra época son más bien ídolos, que no remiten a nada. El medio ha sustituido al fin.

Algunos ejemplos sencillos pueden ayudar a la comprensión: Una persona vive en un paraje ameno que le encanta; sin embargo, ha ido aprendiendo a valorar más la belleza de un rostro humano…: de la belleza inanimada a la belleza del hombre, cumbre de la creación material. Y así, la cara arrugada de una anciana puede introducirla en su bondad… Aquellos que no captan esta belleza, quizá se sientan cautivados por el erotismo, espejo de sus pasiones e imagen de la inmediatez de la percepción, tan afín a la conducta de los irracionales.

En nuestros días es frecuente una crítica que se limita a ponderar los aspectos plásticos de una obra artística y prescinde absolutamente del contenido; o sea, considera únicamente lo formal en su aspecto más aparente. Si tuviesen razón los que así juzgan el arte, sería indiferente mostrar los cuadros en su posición correcta, en la resultante de girarlos lateralmente o en la invertida (la parte superior del cuadro, colocada abajo, y la parte inferior, arriba), ya que —según esa tesis— el arte se reduce a relacionar entre sí colores, líneas… Es cierto que la visión de algunas obras abstractas no sufriría lo más mínimo con este cambio posicional. Pero en el caso de cuadros figurativos, la mutación haría prácticamente irreconocible la representación de las figuras, y sólo si las soluciones formales son vistas relacionándolas con el tema representado, o contenido, podrá valorarse lo acertado o no de la expresión plástica y, consiguientemente, sólo así el espectador tomará conciencia de la eficacia simbólica —¡maravilla que deslumbra!, en el caso de las obras maestras— de tales colores, luces, sombras, líneas… o sonidos.

En los 400 años transcurridos desde el fallecimiento de El Greco hallaba ocasión el escritor Juan Manuel de Prada para publicar, el 28-1-2014, un artículo en el diario ABC sobre El Greco. En la radio preguntaban a Juan Manuel de Prada por las ideas vertidas en ese artículo, y él decía: “Nuestra cultura todo lo desintegra y vacía de significado”. Se refería a que nos quieren presentar la pintura de El Greco como mero resultado de la labor de un humanista con afán de notoriedad y extravagancia, obviando su profundo sentido teológico, su concepción teocéntrica de la vida y de todo cuanto existe.

Se dice que nuestra cultura es racionalista. Es de este modo sólo en cuanto que cerrada al espíritu, a los valores espirituales. Más bien es una cultura emotiva, poco racional. No se obra según la verdad, el raciocinio tiene poco peso en la conducta de nuestros contemporáneos, la lógica no los convence ni los mueve a obrar; somos fácilmente manipulables por lo emotivo, por lo simplemente epidérmico y sensorial… Y muchos de los gustos estéticos de nuestros días lo prueban.

Como quizá nunca antes a lo largo la historia, en esta época irracionalidad y emotivismo van de la mano. Filias (obsesiones) y fobias (repulsiones), simpatías y antipatías han reemplazado el lugar natural de la verdad y de la razón; la visceralidad, representada por el sentimiento y las pasiones, ha asumido el mando sobre las facultades superiores, entendimiento y voluntad; el amor al bien objetivo y común ha sido ocupado por el interés particular e inmediato (“esto me gusta: ¡lo quiero ya!”… aunque esa elección perjudique a otros); el “pan y circo” de la Roma decadente ha tomado, en nuestros días, el relevo a los valores e ideales de la civilización occidental, levantada precisamente sobre las ruinas de aquella decadencia (la versión actualizada del “pan y circo” romanos es sexo y fútbol, o sexo y tecnología ―iPhone o aifon―)…La racionalidad en el obrar pide autocontrol, señorío: el dominio ordenado empieza por ser uno capaz de gobernarse a sí mismo. “El poder no es nada sin control”: un Ferrari puede ser un magnífico vehículo; pero, si uno no lo controla, probablemente se estrelle con él contra un muro. Y a veces la propia visceralidad ―pasiones, fantasía, afectividad― se diferencia poco de un Ferrari… Reparemos, no obstante, en algo esencial: un Ferrari no es más que un coche, una máquina que debe ser diseñada y conducida por un hombre; sería impensable y disparatado lo inverso: que la iniciativa del gobierno correspondiese al coche, y que el hombre estuviese esclavizado por sus máquinas. Amar es darse, entregarse; quien no es dueño de sí, quien no se posee, no puede amar. El narcisismo (incapacidad de amar a un tú distinto del propio yo, cerrado en la contemplación de sí mismo y ajeno a la trascendencia), así como el erotismo (generador de graves adicciones y esclavitudes), son heridas afectivas que arrastra el hombre contemporáneo; las cuales sólo podrán superarse amando realmente, aprendiendo a amar (¡qué groseramente manipulada y degradada está esta palabra: amor!). Conviene añadir a esta consideración otra complementaria: si dispusiésemos de un buen conductor, pero el motor del coche fuese débil, el vehículo correría poco. La pasionalidad es fuerza de la naturaleza que puede aportar un servicio muy útil a una causa noble, espiritual. Es un hecho, además, que la atención a lo espiritual en el ser humano no requiere la negación o el rechazo de la naturaleza, sino su concurso. La pasionalidad y los grandes deseos naturales, convenientemente purificados e iluminados, son ―o bien pueden ser― la energía conveniente, el vigor necesario, el ímpetu ineludible para encarnar un ideal y desplegarlo en plenitud.

Con Nietzsche entró sin disimulo en Occidente una mentalidad que desprecia la abnegación y endiosa mis deseos inmediatos. Ahora nos hallamos inmersos en la “ideología del deseo”; nuestra cultura ha idolatrado el deseo subjetivo del individuo, como si fuese una plastilina extensible sin límite y al margen de la realidad. Ésta ya no es aceptada y así todo es subjetivismo, relativismo. Si quiero algo, entonces digo que existe; si no lo quiero, diré que no existe. Se confunden los deseos con los derechos y, por contagio, también éstos pasan a ser ilimitados. Se reivindican supuestos derechos, pero rara vez se habla de obligaciones, de deberes, de responsabilidades… Fue el neurólogo y psiquiatra Viktor Frankl quien dijo que Norteamérica está descompensada: en la costa oriental se ha erigido la Estatua de la Libertad; debería haber en la costa occidental también una Estatua de la Responsabilidad.

Cuando el deseo se separa de las necesidades, se vuelve “bulímico”.

La publicidad se basa en crear necesidades que no tenemos. Y el consumismo es una forma particular de esa actitud ansiosa, desequilibrada, “bulímica” de poseer. De hecho, el consumismo no quiere gente feliz; por la simple razón de que la gente feliz consume menos… El hombre no está abocado a responder de un modo determinado, “mecánico” o irracional, según el patrón “bulímico” o consumista de “esto me gusta; ¡para mí!” o como el animal que sigue ciegamente sus impulsos. Al hombre se le ofrece la oportunidad racional ―e ininterrumpida― de reaccionar con un “esto me gusta (ante el todo lo mío es tuyo);¡gracias!”… Gratitud ante el gozoso descubrimiento del don, y aprendizaje de qué es el amor liberado de la limitación y de la exclusividad propias del afán de poseer. Sí, aprender a amar ―universalmente― sin poseer, superando toda forma esclavizante e idolátrica de relacionarse con la Creación y con las manufacturas humanas.

El consumismo hace que las personas se acostumbren a tenerlo todo antes de necesitarlo y a dar todo por supuesto (lo contrario del asombro, que lleva al descubrimiento). Un hombre embotado es pasivo. Quizás se fascina ―porque tiene la ansiedad del adicto, del destemplado―, pero no sabe asombrarse (no sabe gozar ante el espectáculo de una maravilla que se ofrece a sus ojos, a sus oídos, a su mente). Una persona adicta a la velocidad y al ruido no sabe contemplar.2

Es mentira que, para sentirse valorado, admitido o integrado en determinados grupos sociales, a jóvenes o a adultos les compense introducirse en juegos perversos o en prácticas anormales ―aunque comunes y generalizadas―, asumiendo excesos que implican riesgos quizá irremediables… Esas conductas, tantas veces ruidosas y bullangueras, ocultan un problema interior, un drama: no se es feliz. La felicidad se tiene o no, pero es engañoso confundirla con un “ponerse” feliz.

El compromiso ―no la veleidad― de quien persigue ser feliz (aspiración natural en todo hombre) requiere rebeldía, para no contentarse con la costumbre social o las propias apetencias, con tantos sucedáneos y espejismos de la felicidad que se presentan en el camino… El hombre es un ser racional, y le compete a la razón, guiada por la verdad y auxiliada por la voluntad, el gobierno de toda la conducta, incluidos sentimientos y pasiones. Cuando, por el contrario, ese hombre entroniza los propios deseos y los exalta a nivel de derechos irrenunciables, fácilmente se convierte en un esclavo de la propia visceralidad ―de sus antojos y caprichos― y, probablemente también, de ideologías manipuladoras que deforman la correcta visión de la realidad y alimentan el desorden antropológico.

La “ideología del deseo” dice: “yo a la naturaleza no le concedo autoridad, sólo al deseo como criterio último en la vida”… Se trata de una actitud endiosada y ridícula, desligada del orden natural que es constitutivo de todo universo, también del hombre mismo. Supone no aceptar la creaturalidad. Cuando el deseo se desliga de la naturaleza, aparentemente el ser humano adquiere una libertad ilimitada… Lejos de ser así, el deseo incontrolado se convierte en una dictadura creciente; el hombre pretendidamente liberado hasta lo absoluto pasa a ser como un pelele o un esclavo de sus antojos, queda apresado por su arbitrariedad y por su desmesura quimérica e inconsistente. El rechazo de la naturaleza, de la normatividad humana, subsume al ser humano en la guardería del capricho, lo infantiliza de modo permanente y alienante, lo deshumaniza haciéndolo un juguete de sus impulsos instintivos (como un irracional).

“El relativismo que nos invade no es una ideología como el marxismo. Nace de la hipertrofia sentimental del yo. Es narcisismo exacerbado”.

«El psiquiatra británico Clifford Yorke sostiene que la sociedad actual, al incitar a la satisfacción inmediata de los deseos, promueve el infantilismo.

»La exaltación del principio del placer por encima de todos los demás no tiene nada que ver, según afirma el Dr. Yorke, con el progreso y el desarrollo, sino que es signo de una masiva regresión a la infancia.

»El modo en que la cultura actual favorece la gratificación inmediata es un indicio de infantilismo creciente, no de un avance de la civilización.

»Ésta es la “regresión a la infancia” de nuestra cultura: en vez de educarnos para que maduremos como adultos capaces de dominar sus impulsos infantiles hacia el placer y la satisfacción personal a toda costa, se nos anima a permanecer en el estado de infancia psicológica, a evitar todo sufrimiento, a no soportar las dificultades.

»Otro aspecto de nuestra “regresión a la infancia” […] es la negación de la realidad, masivamente practicada. Tal rechazo, que sería comprensible en un niño de tres años, resulta más preocupante cuando lo hacen grupos enteros de adultos […] Esta actitud responde, en buena parte, a una fantasía, a un intento de negar la realidad» [equivalente a la mítica conducta atribuida al avestruz, que ante el peligro esconde la cabeza para no ver lo que tiene delante].

A propósito de esto, por si hubiera dudas, conviene recordar que no se debe enfrentar la realidad (que siempre tiene aspectos imperfectos, rincones de fealdad y de negrura) con una novela de fantasía trazada a nuestro gusto y antojo, o con la utopía (que no deja de ser un imaginario paraíso en la Tierra)… porque siempre “ganará” la utopía (ésta parecerá a nuestros ojos más bonita y atractiva que la cruda realidad). Así, valiéndose de esa confusión, engañó la “serpiente” a Eva y a Adán: “No moriréis… sino que seréis como Dios” (Génesis 3,4-5). Gobernarse por el sentimiento, proscribiendo o detestando la razón, equivaldría a si en un barco velero la tripulación prescindiese del piloto, de las cartas de navegación, de la brújula o de cualquier otro procedimiento técnico de orientación y dejase que fuesen el viento y el oleaje los guías de la nave…

Asistimos a un momento cultural extraño, en el que se nos impone (con intolerancia totalitaria; un remedo del comunismo y el nazismo del siglo XX) el prohibido disentir: un pensamiento “líquido” único ―inconsistente, desvertebrado, subjetivista o relativista, escéptico― dentro de “lo políticamente correcto”; desgajado de la verdad y en arbitraria contradicción, tantas veces, con la misma realidad. La fortaleza debe, ciertamente, caracterizar a la voluntad, para que ésta no sea enteca, pero también al pensamiento; pues, sólo si éste es medido por la realidad, será consistente y verdadero. Se está aplicando, sin embargo, una auténtica ingeniería social con la pretensión de subvertir el orden natural, cambiando el paradigma de hombre y de sociedad; de un modo programado se irrumpe (es una violenta transgresión de la naturaleza, que no respeta la inocencia infantil y usurpa derechos naturales a los padres) con determinados programas educativos en las escuelas, encaminados a hacer creer a nuestros niños que se puede separar el pensamiento de la realidad. Siempre, en cualquier época y cultura, el ser humano entendió ―de un modo natural― que es la realidad la que nos dice qué es verdadero y qué no. Pero ciertas formas de pensamiento deshumanizadas transfieren artificialmente esa autoridad de la realidad al Estado, a los políticos de turno, a las ONGs ideologizadas, o simplemente a los caprichos y desórdenes emocionales de cada uno. La autopercepción, o se somete al dato biológico de la realidad, o se hace arbitraria, tiránica, sentimental y estúpida.

Se ha dicho que “Dios perdona siempre; los hombres, a veces; la naturaleza, nunca”. La entrega “bulímica” a los propios deseos separados de las necesidades, la entronización de cualesquiera “derechos” sin la contrapartida de asumir obligaciones y la responsabilidad de los propios actos libres (envoltura reivindicativa que encubre la totalidad de los caprichos), la prematura y destemplada satisfacción de impulsos y apetencias, sin respeto alguno por los tiempos y pautas de conducta que dicta la moral (que es parte del logos u orden constitutivo de la naturaleza), la embriaguez consumista y de disfrute similar a la del sediento inmoderado que bebe sin dilación agua salada para calmar su sed… trae consecuencias ineludibles que ya se perciben en nuestra sociedad: un prematuro envejecimiento del alma en las personas, cuyas relaciones resultan desnaturalizadas y ellas mismas reducidas a la condición de mercancías y de objetos de placer… cuando no a la de simples despojos; pérdida de la ilusión; desencanto profundo; fracaso en la búsqueda del sentido de las cosas y de la misma vida; vacío existencial alarmante; acedia… Si el amor a la verdad, al bien y a la belleza fue generador ―desde la Grecia clásica― de la civilización occidental, la máxima expresión de sabiduría, de arte, de ciencia y de cultivo del espíritu que el ser humano haya conocido jamás a lo largo de la historia, el cansancio, la fatiga en ese amor ―que da la medida de la vida según el espíritu― es la acedia: el hombre abdica de su dignidad, de su vocación espiritual y se queda en el nivel más ramplón, en el prosaico vegetar o en un vivir de un modo casi irracional. Unas palabras de Chesterton alertan sobre ese posible envejecimiento espiritual: “Si no logramos que los hombres vuelvan a gozar de la vida ordinaria que los modernos llaman insípida, toda nuestra civilización estará en ruinas dentro de unos años… Si no podemos hacer interesantes ―tal cual son― el amanecer, el pan de cada día y la creación mediante el trabajo corriente, la fatiga caerá sobre nuestra civilización como una enfermedad mortal. Así murió la gran civilización pagana: de pan y circo, y de olvido de los dioses del hogar”.

El mismo Chesterton nos dejó este otro pensamiento paralelo: “El pesimismo no consiste en cansarse del mal sino del bien. La desesperanza no reside en el cansancio ante el sufrimiento, sino en el hastío de la alegría. Cuando por cualquier razón lo bueno de una sociedad deja de funcionar, la sociedad empieza a declinar: cuando su alimento no alimenta, cuando sus remedios no curan, cuando sus bendiciones dejan de bendecir”.

Y también el siguiente: “Una sociedad está en decadencia, definitiva o transitoria, desde el momento en que el sentido común ha llegado a ser poco común” (Gilbert Keith Chesterton).

Al jurista, político, filósofo, escritor y orador romano Marco Tulio Cicerón (106―43 a. C.) pertenece un razonamiento no convencional contenido en el en el tratado De legibus: «Si por los sufragios u ordenanzas de la multitud fueran constituidos los derechos, habría un derecho al latrocinio o un derecho al adulterio. Pues, si tan grande potestad tiene la voluntad o la opinión de los necios como para que por sus sufragios sea subvertida la naturaleza de las cosas, ¿por qué no habrían de decidir que lo malo y pernicioso es bueno y saludable? Sólo por la naturaleza de las cosas podemos distinguir la ley buena de la mala. Y pensar que todo se funda en la voluntad o la opinión y no en la naturaleza es propio de un demente».

Cuando los hombres rechazan las lecciones que la naturaleza da mostrando un orden que el ser humano puede comprender, el orden natural, y una de cuyas concreciones es la ley natural; cuando el llamado “estado de derecho” de los países no se edifica desde el reconocimiento de esa ley natural, los derechos de los hombres más débiles están amenazados. Sucedió ya, en siglos pasados, con las leyes permisivas de la esclavitud, pues la legislación de las naciones fácilmente se acomoda a los intereses egoístas de los más fuertes. Se alcanza así la meta soñada por Nietzsche: “un mundo habitado y dominado por Superhombres que han impuesto su voluntad de poder a los hombres inferiores, mediocres y comunes” 4.  Un hedor a nacional-socialismo (ideología sustentada en las teorías de Nietzsche sobre el Superhombre) recorre la tierra… ¿Será acaso una fuga, a nivel planetario, de las cámaras de gas nazis?

“Si la mano del artesano fuese la regla de cortar la madera, siempre la cortaría como debe. Pero si la rectitud del corte está sujeta a otra regla, a veces cortará derecho, y, otras, torcido” 5 . El hombre no inventa la regla moral, la descubre… como hicieron hombres de ciencia y artistas (hemos leído al principio) coincidentes en la “escucha” atenta de las lecciones insondables que ―silenciosamente― imparte el universo próximo o lejano. ¡Unos y otros han probado, repetidamente, el licor de la sabiduría!

 

 4. Los amantes de la sabiduría

 

¿No es sorprendente que en Francia, patria de Descartes y del racionalismo moderno, haya surgido el “impresionismo”, movimiento pictórico inclinado hacia la evocación de la naturaleza en cuanto que percibida sensorialmente, y alejado de la aplicación de cánones compositivos de índole racional? Incluso un miembro de ese grupo, Cézanne —aunque, para diferenciarlo del resto, es apellidado “post-impresionista”— trató de corregir la excesiva disolución de las formas y el gusto por eternizar el instante, propios del “impresionismo”, afirmando: “Quiero hacer del impresionismo algo sólido y perdurable como el arte de los museos”; “todo el mundo está loco por los impresionistas, lo que necesita el arte es un Poussin realizado más de acuerdo con la naturaleza”.

Situémonos, pues, en la Francia del siglo XIX y razonemos a partir de las lecciones que nos da la historia. Los academicistas, en arte, eran equivalentes a los racionalistas ilustrados, los cuales afirmaban que con sola su razón podrían controlarlo todo. Así, suponían que faltaba muy poco tiempo para que la razón humana pudiese conocer la realidad completamente, sin que ésta presentase resquicios ocultos a nuestro conocimiento; pronto, por tanto, desaparecerían los misterios.

Los academicistas, aferrados a sus postulados, no permitían que el arte escapase al control de sus reglas racionales.

Los “impresionistas”, por el contrario, se acercaron a la naturaleza con la actitud de un niño que abre sus ojos asombrados ante una maravilla… Ellos cultivaron un arte trascendente, que va más allá de la pura lógica y cuya belleza nos remite al misterio ―a esa verdad y a ese bien conocidos, pero inabarcables― presente en la realidad natural. Cada cuadro “impresionista” es una obra de arte, porque ha logrado de algún modo eternizar la maravilla, el misterio fugaz que esos pintores descubrieron en un instante. “Lo que el artista logra expresar es sólo un tenue reflejo del esplendor que durante unos instantes ha brillado ante los ojos de su espíritu”.6

Se cumple lo dicho por Gilbert Keith Chesterton: “El racionalista pretende meter el cielo en su cabeza; el sabio, el poeta, intenta asomar su cabeza al cielo”.

Quienes reducen su comprensión del arte “impresionista” al logro de unos efectos pictóricos, que prueban la destreza técnica de aquellos pintores, se comportan como si comieran la monda de una fruta y desecharan el grueso o el contenido de la misma; se quedan con lo aparente y pierden lo esencial.

La historia de los últimos siglos nos ha enseñado que el gran dilema no es razón (razón discursiva, lógica) o sensibilidad-sentimiento, sino más bien: respeto, asombro, descubrimiento del misterio del orden natural o “realismo” filosófico (ésta sí es verdaderamente la postura natural del hombre racional y cuerdo) o, por el contrario, el “inmanentismo” o racionalismo extremo (posición anti-natural del hombre que desde su mente pretende construir toda la realidad). El arte de los pintores “impresionistas” no era irracional, nacía del asombro ante la maravilla de la naturaleza y rebosaba alegría por la fortuna del hallazgo: ¡el licor de la sabiduría! (del que se habla en el segundo párrafo de este mismo texto)… a la inversa, quizá, de tantas interpretaciones racionalistas, y sombrías, que nos ha dejado el hombre del siglo XX.

En la Grecia clásica coexistieron los “sofistas” (los llamados “sabios”) y los “filósofos” (que simplemente se atrevieron a llamarse “amantes de la sabiduría”). Entre estos segundos se encontraban algunos de los pensadores más excelsos que tuvo Grecia y también la humanidad en su conjunto, no sólo de aquella época sino de todos los tiempos. Los primeros eran escépticos, relativistas, alardeaban de ser capaces de persuadir —con su habilidad retórica y dialéctica— de algo y de su contrario, buscaban la fama propia y el lucro. Los segundos no se consideraban plenamente poseedores de la verdad, pero aspiraban a ella con todas sus fuerzas. Sócrates ―del grupo de éstos― decía que su labor consistía en descubrirla, ayudando a que la verdad saliese a la luz en la mente de los hombres; igual que la comadrona ayuda a que nazca el niño, pero no lo crea. Los primeros son, de alguna manera, antecedentes de estos “artistas” modernos que obran según un formalismo inmanente, tal vez decorativo pero que no remite a algo más profundo, a la verdad, al bien y a la belleza en gran medida inabarcables; o buscan simplemente sorprender, bien con medios efectistas o incluso con provocaciones ruidosas y extra-artísticas. El arte de éstos se parece, quizá, a unos adornos pintados sobre una pared interior, que no rebasan el ámbito de lo inmediato y poco o nada dicen del misterio en el que el hombre se halla inmerso, que lo envuelve y lo sobrepasa. El arte trascendente, por el contrario, recuerda el comportamiento de los “amantes de la sabiduría” o “filósofos”; es como una ventana abierta a la gran realidad misteriosa y profunda que desafía al hombre… ¡“Filósofos” y artistas verdaderos, hermanados en la búsqueda afanosa del licor de la sabiduría! “El filósofo y el poeta tienen en común que ambos deben enfrentarse a lo maravilloso”, a lo que despierta admiración (Tomás de Aquino, Comentario a la Metafísica de Aristóteles, 1, 3).

Durante siglos todos los amantes de la sabiduría (incluidos los pintores “impresionistas”) se acercaron con respeto y amor a la naturaleza. Su actitud podría resumirse así: ¡asombrémonos ante esta maravilla! En el siglo XX surgen actitudes de otro signo: “¡Esto es arte porque lo digo yo, que soy artista!” Que podría traducirse por: ¡Sorpréndete ante lo que hago yo, que soy artista! Este comportamiento recuerda al de los “sofistas” griegos, escépticos y pagados de sí mismos, y ha sido la justificación de tantas arbitrariedades y extravagancias.

 

5. ¿Libertad ilimitada e indeterminada?

 

El hombre de ciencia y el artista del siglo XX se comportaron como si pretendieran no tener más límites que la propia capacidad. Este modo de obrar es paralelo a una concepción del ser humano cuya realización se lograría por un ejercicio ilimitado de la libertad, traducible por estas palabras: para ser “tú” mismo, para que seas “auténtico”, deberás evitar elegir y adherirte a la verdad o al bien, sólo habrá de importarte una cosa: no comprometerte.

Esa concepción antropológica es ciertamente muy pobre e iguala, en cierto modo, al hombre con los animales irracionales, que se mueven por sus impulsos instintivos. Un perro, si tiene hambre y ve comida a su alcance, no sabrá hacer otra cosa que dejarse llevar de su instinto y comerá; si ve a una perra, tampoco sabrá hacer algo diferente de ir tras ella… El ser humano es capaz de gobernarse a sí mismo, poniendo en ejercicio un discernimiento y una decisión libre, merced a sus facultades superiores, el entendimiento y la voluntad. La libertad de esta creatura material-espiritual que es el hombre, cumbre del universo, consiste, más que en no determinarse por nada (como han propuesto los defensores de la “ideología del deseo”: no te coartes, no te ciñas a la realidad, no te pliegues a la naturaleza; sea la realización de tus deseos, caprichos y antojos tu único principio rector y tu “derecho fundamental”), en ser capaz de acceder por sí mismo, meritoriamente ―y no determinado por un instinto, ni privado de razón―, a la verdad, al bien, a la belleza.

El ejercicio racional no debe faltar, para discernir dónde se halla esa verdad, ese bien, esa belleza. Pues fácilmente el hombre puede errar en el conocimiento, si atolondradamente se deja llevar por lo inmediato y aparente. El niño pequeño escoge un sonajero de sonido y color llamativos y rechaza un cheque de un millón de euros o dólares… La consecución de la verdad, del bien sin engaño, de valor permanente o duradero ―como el cheque de un millón de euros o dólares―, puede ser ardua y requerirá cultivar un cortejo de virtudes (constancia, mucha fortaleza, abnegación… que es precisamente renuncia a veleidades y caprichos “infantiles”).

En esa utópica “ideología del deseo” se manifiesta un inmaduro rechazo de la realidad y, más concretamente, de la condición personal de uno mismo ―creatura y, por tanto, ser limitado― y también del resto del universo ―creaturas, al fin, e igualmente limitadas―… ¡Pero la aceptación de esos límites abre al hombre la posibilidad de acceder al conocimiento y a la posesión de la realidad, al descubrimiento de la verdad, del bien, de la belleza no meramente aparentes y efímeros: es el cheque de un millón de euros o dólares!

El subjetivismo o relativismo contemporáneos suponen una anomalía vital grave: es una no aceptación de los límites que acompañan a las creaturas; es un no querer someterse al orden que impera en toda la Creación; un desacato arrogante de la creatura racional que pretende ser autónoma y prefiere errar en el juicio antes que descubrir el logos ya establecido en el universo. ¡Es preferir “mi” verdad a la verdad!; es igualar todas las “verdades”, reducirlas todas a meros enjuiciamientos subjetivos…Brevemente el poeta Antonio Machado esclarecía esta cuestión así : “¿Tu verdad? No, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela” 7. Cuando sobre un mismo asunto y considerada la cuestión desde un mismo punto de vista o según el mismo aspecto, hay “verdades” discordantes, en el mejor de los casos sólo una de ellas es verdadera.

El no admitir más límites que la propia capacidad en el ámbito de la ciencia, de la tecnología o del arte, puede suponer un notable empobrecimiento ―preferir lo aparente, el sonajero, e incapacitarse para conquistar el cheque de un millón de euros o dólares―: “Las artes del siglo XX dejaron de ver al hombre como un ser con dimensión espiritual, para convertirlo en un simple objeto plástico” (José Jiménez Lozano, Premio Cervantes 2002). Las materializaciones plásticas libérrimas pueden disfrazar la pérdida de lo más valioso: ¡la posibilidad que tiene el ser humano de descubrir el licor de la sabiduría; de adentrarse en el inabarcable misterio de la realidad y principalmente del hombre ―el ser más complejo y misterioso de la Creación―; de mostrar, por medio de formulaciones científicas o de obras artísticas la inconmensurable maravilla de una verdad, de un bien y de una belleza que sólo el hombre, entre todos los seres del universo, puede descubrir! En efecto, las definiciones, los conceptos, los dibujos, la composición o estructuración de un cuadro… son inevitablemente un poner límites, una concreción, un avance ―a veces esforzado― en el descubrimiento del orden, una conquista de la forma frente al caos y la indeterminación. Es urgente que recuperemos el valor terapéutico de los límites (descubriéndolos, buscándolos y asumiéndolos). ¡Desembaracémonos, pues, de la sospecha infundada y paralizante que sume al hombre en el relativismo escéptico, en la intrascendencia narcisista, en un inmaduro aislamiento de la realidad y del cosmos!

 

A las anteriores razones (de tipo teórico) podrían sumarse las consecuencias prácticas (o sea, la experiencia que hemos vivido y padecido recientemente) de esa actitud ―en no pocas ocasiones, fatua y arrogante― de “artistas” del siglo XX que entraron en la naturaleza “como un elefante en una tienda de porcelanas finas” (cf. apartado 5. La naturaleza intemporal y la dignidad del ser humano en el arte figurativo del texto Mi pintura, contenido en www.jrtrigo.es).

“Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Este refrán puede ser interpretado así: únicamente valoras aquello de que presumes; careces de todo lo demás… en lo cual no reparas. Presumes de novedad, de ser enteramente libre… pero en tu desarraigo llevas tu propia muerte… como la hoja desprendida del árbol. Exhibes como un trofeo la ruptura y la transgresión, el no sujetarte a nada… y no adviertes que te quedas empobrecido en extremo, vacío, falto de todo. “Nadie tiene bastante de aquello que en realidad no desea”, nadie tiene suficiente de lo que no valora.

Hoy en día es lugar común que únicamente son Arte aquellas formas plásticas arbitrarias, deformes y agresivamente opuestas al orden natural, signos ―así se piensa― de la capacidad ilimitada de un artista. En este mismo texto, en el apartado 3. El orden natural y su rechazo, hemos leído unos párrafos referidos a la “ideología del deseo” (una de cuyas manifestaciones o variantes es, indudablemente, esta concepción del arte como mera expresión de la ilimitada capacidad de un artista) y citas como la de Chesterton que alertan sobre ese posible envejecimiento espiritual o acedia: “Si no logramos que los hombres vuelvan a gozar de la vida ordinaria que los modernos llaman insípida, toda nuestra civilización estará en ruinas dentro de unos años… Si no podemos hacer interesantes ―tal cual son― el amanecer, el pan de cada día y la creación mediante el trabajo corriente, la fatiga caerá sobre nuestra civilización como una enfermedad mortal. Así murió la gran civilización pagana: de pan y circo, y de olvido de los dioses del hogar”. Cuando el ser humano necesita recurrir a esos estímulos violentos para sorprenderse, porque ya no es capaz de asombrarse ante lo maravilloso de la realidad y del arte, es que ese hombre está desnortado, ha perdido la senda de la luz, el amor a la sabiduría; su espíritu está como apagado y muerto, ya no goza adentrándose en el misterio de la realidad, padece una enfermedad grave; es espiritualmente un incapaz. La acedia o la inapetencia respecto a la sabiduría es enfermedad del alma comparable a la del enfermo de gripe que rechaza, por inapetencia, el alimento que necesita.

Muchos creen que la labor de un artista consiste esencialmente en demostrar sus habilidades, su pericia, su gran talento… Esta percepción errónea de lo que es el arte contribuye a alimentar actitudes exhibicionistas o incluso ridículamente egolátricas de artífices que tratan de convencernos (sirviéndose de cualesquiera medios, también de los extra-artísticos) de que su capacidad es ilimitada. La naturaleza del arte es más bien otra: el arte es descubrimiento de una maravilla presente ―aunque no siempre evidente― en todo lo que existe; el arte es sabiduría; es entrar en el misterio de la realidad (algo que, por ejemplo, no saben hacer los animales ni los seres humanos superficiales); es esclarecer de algún modo el logos constitutivo del universo; es comunicación con la inefable armonía (unidad en la diversidad) que abraza a todos los seres del cosmos con su único Creador… Una supuesta actividad artística a la que le faltase el descubrimiento del misterio, sería mera retórica, formalismo, no auténtico ARTE.

Además, la correcta comprensión de la naturaleza del arte ayuda a entender mejor la tenacidad con que resistieron y lucharon los pintores “impresionistas”, cuando sus cuadros eran excluidos de los Salones oficiales y sobre ellos arreciaba el sarcasmo hiriente o la mofa cerril y despiadada de los críticos. Los “impresionistas” defendieron algo más que las expresiones plásticas de su habilidad y de su técnica pictóricas; estaban firmemente persuadidos de los hallazgos maravillosos, de los encuentros con el misterio de la realidad, de los descubrimientos inefables que constituían sus cuadros. Habían hallado un filón de oro de la pintura artística, un tesoro que ellos podrían mostrar al mundo y que no les pertenecía. Defenderlo era mucho más que hacer prevalecer un simple interés particular. Era cuestión de no abdicar de su amor a la sabiduría, de su condición cabal de persona, orientada de modo natural hacia la verdad, el bien y la belleza.

“Cuando perdemos el sentido del misterio, la vida no es más que una vela apagada”. “Hay dos formas de ver la vida: una es creer que no existen milagros, la otra es creer que todo es un milagro. Aquel al que su emoción le es desconocida, que ya no se pregunta ni está en estática reverencia, vale tanto como si estuviera muerto” (Albert Einstein).

“Se impone un cierto retorno a la inocencia, más en estos tiempos en los que hasta los niños están de vuelta de todo. Porque una civilización no puede ser reconstruida de sus cenizas con las mismas armas con las que fue demolida: básicamente, las armas de los resabiados y los descreídos” (Gonzalo Altozano).

 

Por si alguien se hubiese cansado al leer los anteriores razonamientos, recordemos aquí unas imágenes. Picasso realizó diversas interpretaciones del cuadro Las Meninas, de Velázquez. Los trabajos de Picasso tienen una apariencia llamativa, basada en colores intensos y puros, así como en deformaciones arbitrarias de todos los objetos y personas representados. Más de un espectador podría suponer que el arte de Picasso es más “creativo” que el de Velázquez, y que muestra una libertad casi ilimitada… Al menos, es mucho más aparente (en esto podríamos estar de acuerdo); Picasso aporta unas pruebas de ingenio que saltan más a la vista y son más ostentosas que las de Velázquez… Sucede como en el caso del sonajero y el bebé —al que nos hemos referido ya—: la apariencia puede hacer creer que un sonajero vale más que un millón de dólares. En el apartado 4. El arte figurativo como apertura al misterio de la realidad, perteneciente al texto Mi pintura, contenido en www.jrtrigo.es , se recoge una anécdota: «Me decía un amigo, tras una visita al Museo del Prado en Madrid: “Picasso, en las interpretaciones que hizo de Las Meninas de Velázquez, semeja haber deambulado alrededor de ellas, pero fue incapaz de captarlas en su misterio, cosa que sí hizo Velázquez”. ¿Debe el artista “hacerse notar” siempre?… ¡Qué hermosa discreción cuando, a veces, el artífice desaparece y nos deja solos ante la maravilla!… “¡No la toques más, que así es la rosa!”, escribió el poeta Juan Ramón Jiménez (no sobes, no ajes lo que es delicado, no lo manches… no quieras mostrar que es “tuyo”). A veces la mano del artista o su impronta creativa pueden pasar casi inadvertidas…» Pero la grandeza del arte se revela también más allá de la apariencia y de la percepción inmediata. El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, nos lo dice con claridad: “lo esencial es invisible para los ojos”.

 

6. Arte decorativo, de entretenimiento, sin trascendencia

 

A modo de resumen podemos decir ahora, en los primeros años del siglo XXI, que la civilización occidental se ha alejado de sí misma y del espíritu que la hizo florecer; a muchos contemporáneos nuestros les cansa, les aburre, el conocimiento del orden natural y —mucho más, porque este segundo se asienta en el primero— el del orden sobrenatural. ¿Qué arte cabe esperar en tales circunstancias?…Lo estamos viendo: ninguna trascendencia, todo queda reducido a la pura inmediatez, a la primera impresión que provoca; este deseo de impresionar, de llamar la atención, se procura —en muchos casos— empleando cualquier recurso irracional, la extravagancia, e incluso la provocación insolente y extra-artística. ¿Cómo remediar el cansancio que afecta al hombre contemporáneo, ante el misterio de la realidad que parece ya no interesarle? Se buscan novedades que puedan despertarlo de su acedia y sorprenderlo, se rechaza hacerlo meditar sobre temas o asuntos intemporales, se vuelve la espalda a la naturaleza en el arte…

Efectivamente, en el mundo artístico actual se obvia lo profundo, lo complejo, lo que cuestiona e interpela al ser humano cabal, y proliferan los objetos meramente decorativos, adornos tantas veces idóneos —eso sí— de las estancias arquitectónicas modernas. La cultura de hoy nos dice: “¡Consume y calla; no preguntes! ¡Disfruta todo lo que puedas, que ―total― esto son dos días!” Es la cultura de la frivolidad… “No te plantees cuestiones importantes; y si te viene una pregunta, toma un Gin-Tonic para olvidar”… Este pensamiento débil contemporáneo tiene su traducción, su paralelo, en las preferencias estéticas que se han generalizado hoy en día: unos objetos acaso decorativos y aparentes, pero vacíos de contenido, muy pobres de significación.

El primer libro que Mario Vargas Llosa publica tras recibir el Premio Nobel de literatura es un ensayo titulado La civilización del espectáculo. El propio autor dice: “La cultura persigue hoy, aunque no lo diga explícitamente, sobre todo divertir, entretener. Tradicionalmente la cultura trataba de responder a las grandes preguntas:¿qué hacemos aquí?, ¿tenemos un destino o no?, ¿somos realmente libres o somos más bien seres movidos por fuerzas que no controlamos? Toda esta problemática, que era a la que la cultura daba respuesta, prácticamente se ha extinguido, ha desaparecido”.8

Detengámonos todavía en un segundo testimonio, relativo éste a otro contexto histórico. Con motivo del 250º aniversario del fallecimiento de J. S. Bach, el fundador del grupo Musica Antiqua Köln, Reinhard Goebel, era preguntado y respondía de esta manera:

— “Bach tiene un talante romántico [en el sentido de hombre con ideales, no conformista ni pragmático u oportunista] porque se mantuvo al margen de las modas”.
— “Estoy convencido de que Bach componía más que nada para él mismo. La prueba está en la Ofrenda Musical. Yo creo que nadie en su época estaba capacitado para escribir algo así. Yo me lo imagino con esa actitud de decir: «si me entienden, bien; si no, me da igual». La obra de Bach no baja la cabeza ante reyes ni sociedades. Eso es lo que la hace tan importante y, desde la perspectiva contemporánea, tan trascendente”.
— “En la música se pasa con facilidad del éxito al olvido. Johann Sebastian Bach, muy respetado en su día, pasó de golpe al limbo en beneficio de sus hijos, hasta que Mendelssohn lo devolvió a la definitiva popularidad”.
— “Quizá a Bach le pasó en la música lo mismo que en la pintura a Rembrandt, que era rechazado por ser un creador difícil. Eso explica la reacción que hubo después de su muerte”.
— “¿Cómo explica que los hijos superaran en fama al padre?”
— “Los hijos fueron famosos en lo que podríamos llamar “arte decorativo”, casi música de consumo. De prestigio, pero sin excesiva trascendencia”.9

En línea con el anterior testimonio, del musicólogo Alexandro Delgado (A propósito da Música, Antena 2 RTP) proceden estos juicios sueltos: “J. S. Bach no hacía música ambiental. Cuanto compuso es entera sustancia, no tiene desperdicio. Escuchar su música siempre nos deja esa impresión satisfactoria que produce la contemplación de las obras bien construidas; cada vez que lo hacemos es una oportunidad nueva de que descubramos algo más… Las danzas de las cortes barrocas fueron convertidas por J. S. Bach en grandes momentos de arte… ¡Esa fuga es un verdadero microcosmos!” 10… Para quien quiera verlo, lo que aquí se afirma, de Bach, coincide con lo que falta a la cultura de nuestros días.

 

7. Nihilismo contemporáneo

 

El rechazo a la naturaleza encuentra un aliado en el rechazo a la tradición, pues es más fácil aparentar novedad negando el acervo cultural adquirido, que sumando sobre él (sumar altura, ascender hacia la cumbre, es arduo; restar altura, descender, puede ser incluso rápido). Así se llega pronto a las fronteras de lo que no es arte… Si además se confunde la apariencia de novedad con la calidad artística, se considerará progreso a lo que empobrece. La cultura nihilista contemporánea (negación máxima del valor inmenso que tiene la inabarcable y misteriosa realidad, y de su traducción en arte por medio de la belleza trascendente) parece tener un reflejo, una imagen, en tantas obras “artísticas” que niegan, más que afirman. Una consecuencia sencilla podría ser: si calificásemos con un ocho el valor artístico de alguna de estas obras “negacionistas” o nihilistas (pensemos, por ejemplo, en las de Mark Rothko), en comparación con ellas el valor artístico de cuadros como El prendimiento de Cristo, de Van Dyck, El entierro de Cristo [nº. 440], de Tiziano, o El bautismo de Cristo, de El Greco —los tres, pertenecientes al Museo del Prado—, debería calificarse no con un diez, sino con un diez millones o diez mil millones. El arte es triunfo del orden sobre el caos. Pues he aquí la diferencia: esos tres cuadros del Museo del Prado son ejemplos del orden supremo que es el arte; en el otro extremo se sitúan esas obras nihilistas o “negacionistas”: están más cerca del caos, o simplemente de la nada, que del orden…La similitud con el vestido nuevo del “rey desnudo”, del cuento de Hans Christian Andersen, no debería pasarnos inadvertida.

 

8. Conclusión

 

El arte moderno y el llamado “arte contemporáneo” se caracterizan por el afán de novedades aparentes. Aunque es justo reconocer que ha habido logros artísticos importantes en este tiempo (por ejemplo, los bodegones cubistas se cuentan entre los más bellos de la historia), las consecuencias negativas de una comprensión equivocada de lo que es el arte son perceptibles ahora de manera más obvia que en el primer tercio del siglo XX. Una primera consecuencia: el buscar sorprender al espectador siempre con novedades aparentes ha derivado —o degenerado— en extravagancias, provocaciones extra-artísticas, rupturas con la tradición sumamente empobrecedoras —auténticas deconstrucciones del patrimonio cultural europeo y universal—… y, llevados de ese afán de cambio y ruptura, hemos arribado a las fronteras mismas de lo que no es arte. Una segunda consecuencia: este valorar, en pintura, sólo la novedad aparente, quizá la belleza en algunos casos pero desligada de la verdad y el bien, como ha sucedido en el arte moderno y contemporáneo (este buscar formas nuevas por sí mismas, aunque  signifiquen poco o nada, aunque poco o nada digan del misterio de la realidad y del hombre) ha contribuido a la confusión —tan frecuente hoy en día— de llamar ¡obras de arte! a objetos simplemente decorativos. El remedio está en buscar no tanto la belleza efímera, sino la permanente, aquella que es esplendor, irradiación de la verdad y del bien, aquella que se adentra en el misterio de la realidad y nos remite a algo trascendente.

“Cuanto más poético, más verdadero” (Novalis); también para Beethoven la verdad es la razón última de la belleza. Asimismo (una vez más volvamos al paradigma escogido), la música de J. S. Bach no se entiende sino como esplendor de la idea esencial de un texto ―en el caso de la música vocal―; ella es una buena cura a ese formalismo moderno y contemporáneo limitado a las apariencias. “En Bach todo está pensado y construido con la perfección de un reloj” 11. La materialidad sonora de la música bachiana (se aprecia mejor en su música vocal) es como un cuerpo, ordenado y construido como expresión de un alma, el significado del texto. Esta obediencia al significado del texto (al contenido o al tema de la obra) constituye a la verdad y al bien en la razón última de la belleza artística y de todo su esplendor formal, perceptible por nuestros sentidos.

¡Qué época la nuestra, en la que es preciso demostrar lo evidente!

La obra de arte es una imagen o un icono del ser humano ―material y espiritual a la vez―, pues sólo al hombre ―entre todos los seres del universo― le ha sido dada la capacidad de adentrarse en el misterio de la realidad y manifestarlo o expresarlo por medio de imágenes sensoriales. Cuando un espectador se enfrenta a una obra de arte en él se suscita el estupor, el asombro, porque la belleza artística ―trascendente― lo remite al misterio presente en la realidad; reconoce ahí el licor de la sabiduría, lo que place a su entendimiento y lo supera, lo intemporal y verdadero…: y porque ahí convergen ―de un modo concorde― todos los espíritus humanos ―de todas las épocas― que conocen realmente.

“Las artes del siglo XX dejaron de ver al hombre como un ser con dimensión espiritual, para convertirlo en un simple objeto plástico” (José Jiménez Lozano, Premio Cervantes 2002). En la medida en que el “artista” contemporáneo reniegue de descubrir el licor de la sabiduría, del encuentro con la insondable maravilla de lo trascendente, de aquello que está más allá del conocimiento inmediato, que es lo propio de los animales irracionales, el “arte” que produzca será enteramente cosificado (en él sólo débilmente se percibirá la impronta del espíritu), será un simple producto de consumo o mercancía (igual que un vestido, un bolso o unos zapatos… de diseño novedoso y agradable), acaso será un mero objeto decorativo, pero que ya no suscitará el asombro que, en el espectador, sólo produce la belleza trascendente, abierta al misterio de la realidad y a lo inefable. Recurre entonces el “artista” contemporáneo a suplantar la belleza artística por procedimientos truculentos o espurios, para sorprender (casi podríamos decir: para alarmar) al espectador de sus obras, busca captar su atención con cualesquiera medios efectistas y ruidosos, tales como extravagancias y provocaciones extra-artísticas…; finalmente entroniza como fines del “arte contemporáneo” la ruptura y la transgresión del arte verdadero.

Otras imágenes pueden aportarnos luz en esta cuestión: ese “arte” puramente inmanente (enfáticamente llamado “arte puro”), cerrado a toda trascendencia, sería de algún modo “semejante a la banda sonora de una sinfonía de la que se hubiera omitido al comienzo el tema principal, dejándola incompleta e incomprensible en su desarrollo”.12

Reparemos en un caso particular. La pintura de William Turner, en ocasiones, lleva al extremo la evocación de la naturaleza (otro tanto podríamos decir de algunos cuadros de Claude Monet). Es como si apenas un hilo sujetase ese desarrollo plástico a la realidad que evoca… ¡Suprimamos esa dependencia, cortemos ese “hilo” y convirtamos esa pintura en pura abstracción! (Así piensan algunos).

Imaginemos un equilibrista que camina sobre un alambre. Suprimamos ese apoyo mínimo ―apenas un hilo―… ¿Qué sucedería? Convertiríamos al equilibrista en un vulgar caminante sobre el suelo. Habría desaparecido el prodigio inherente a aquel dificilísimo equilibrio inestable.

Volvamos al caso de Turner. Si suprimiésemos la relación ―aunque delgada en apariencia― que tiene con la naturaleza, su pintura habría perdido el inefable encanto de su evocación lírica: dificilísimo equilibrio entre la realidad exterior conocida y la extrema abstracción. Mostrada explícitamente o con una presencia tan sólo implícita en el cuadro, en Turner la inabarcable y misteriosa naturaleza es tema principal, fuente originaria de los desarrollos plásticos que nos prodiga. No es el efecto pictórico aislado lo que nos subyuga, sino su comunicación con el misterio y su irradiación por medio de imágenes.

El deporte nos permite hacer la siguiente reflexión: en un partido de fútbol dos equipos se disputan el dominio de un balón, desarrollando un juego acorde con unas reglas. Los jugadores se esfuerzan y corren; pero el correr no es el fin… Si corriesen pero carecieran del sentido del juego, esos jugadores merecerían el reproche: “corren como pollos sin cabeza”. Análogamente, un objeto decorativo y dotado de novedad aparente en su diseño puede no ser arte; para serlo se requiere algo más: las soluciones plásticas adoptadas en la configuración de dicho objeto deberán tener un sentido ―como el correr de los futbolistas, que está ordenado a construir buen juego―, y lo tendrán sólo si dicen algo del misterio de la realidad y principalmente del hombre, cumbre del universo. Sólo teniendo ese algo más, el arte poseerá un rastro del espíritu humano y evitará quedarse en el nivel de lo simplemente decorativo e intrascendente.

El arte es forma, orden y plenitud de significación (¡cuántas obras del arte occidental y universal sublimes son la más bella irradiación plástica de la verdad y del bien!). Frente a esto, la moda contemporánea exhibe ―ufana― la denigración de la belleza, la destrucción del orden, la vaciedad de contenido; como hitos del “progreso” moderno nos ofrece el nihilismo, lo informe, lo simplemente decorativo, la extravagancia y la provocación extra-artística (para así conseguir atraer la atención del espectador, que ya no experimenta el asombro o el estupor natural ante la belleza, que sí halla en las prodigiosas obras del arte occidental y universal multisecular). La ruptura y la transgresión contemporáneas nos han traído a las fronteras de lo que no es arte, al estado ruinoso de nuestra cultura (no debe confundirse civilización, que es expresión del cultivo del espíritu, con desarrollo científico ―de la ciencia empírica o experimental― y tecnológico, que es signo del dominio material sobre la naturaleza). El hombre “tecnológico” de hoy es, con frecuencia, un analfabeto espiritual.

Lo maravilloso no es lo inusual, lo raro, lo absurdo, lo chocante, lo disparatado… Éstas son acaso formas de sorprender, a las que ha recurrido asiduamente el arte moderno y contemporáneo. Pero no es preciso huir de la realidad en busca de lo maravilloso… Rutherford se adentró, como físico, en la entraña de la realidad y descubrió algo maravilloso: ¡la realidad material está constituida por millones de partículas en movimiento y separadas entre sí, hasta el punto de que incluso un cuerpo sólido puede tener un 75 % de vacío en su interior! De Albert Einstein proceden las siguientes palabras: “Lo más incomprensible del universo es que sea tan comprensible”; en las leyes de la naturaleza “se manifiesta una razón tan considerable que, frente a ella, cualquier ingenio del pensamiento o de la organización humana no es más que un pálido reflejo”. Ante el cuadro La novia judía, de Rembrandt, Vincent van Gogh exclamaba: “Créeme, te lo digo de corazón; daría diez años de mi vida, si pudiera quedarme sentado catorce días delante de este cuadro, comiendo tan sólo pan seco”. He aquí una muestra de cómo el arte auténtico, sirviendo a la verdad ―siendo su esplendor, su irradiación formal o plástica por medio de imágenes―, se enriquece, potencia su contenido, adquiere plenitud de significación; pues descubre una profundidad maravillosa, que falta en las manifestaciones “artísticas” simplemente aparentes y decorativas.

“La filosofía y la poesía [el arte] tienen en común que ambas deben enfrentarse a lo maravilloso”, al misterio de lo real, a lo que suscita el asombro en el ser humano (Tomás de Aquino, Comentario a la Metafísica de Aristóteles, 1, 3).

“Cuando perdemos el sentido del misterio, la vida no es más que una vela apagada” (Albert Einstein). Anteriormente ya había dicho Sófocles: “Muchas son las cosas misteriosas, pero nada tan misterioso como el hombre”.

En la tensión por significar o expresar un misterio ―una verdad conocida, pero que supera nuestra capacidad limitada de conocer― el arte realista o trascendente extrae las máximas bellezas. El “arte” que renuncie a toda trascendencia será necesariamente un ejercicio prosaico y vulgar, como el vuelo de una gallina a ras de tierra.

Las salas de exposición y los museos se colman de obras de “arte contemporáneo”; pero en ellas el visitante, el espectador, ya raramente halla el licor de la sabiduría…, ¡el gozoso encuentro con el misterio de la realidad y lo inefable!

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1  Gustave Thibon, El equilibrio y la armonía

2  Catherine L´Ecuyer, Educar en el asombro, Educar en la realidad

3  Mary Kenny, The Sunday Telegraph (Londres, 13-XI-94).

4  Nietzsche, El Anticristo

5  Tomás de Aquino, Suma teológica I, 63

6  Juan Pablo II, Carta a los artistas

7  Antonio Machado, Proverbios y cantares (LXXXV)

8  Laura Revuelta, “Hoy no se escribe para la eternidad” (entrevista a Mario Vargas Llosa en ABC cultural, 31-4-2012)

9  Luis G. Iberni, Entrevista a Reinhard Goebel en El Cultural, 26-7-2000

10,  11  Alexandro Delgado, A propósito da Música, Antena 2 RTP

12  Joseph Ratzinger, Creación y pecado, IV conferencia, EUNSA

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