Pintura intemporal y “arte contemporáneo”

 

1. La calidad artística y la aparente novedad

 

Hoy en día puede ser ingenuo, tratando de “arte contemporáneo”, hablar de belleza artística, dar por supuesto que los pensamientos sobre estética válidos durante siglos van a ser aceptados ahora, o suponer que las obras de arte realizadas actualmente (y por tanto dotadas de tal belleza) serán reconocidas y valoradas como tales.

Muchos están convencidos de que la búsqueda de la belleza fue el fin del arte en el pasado, pero ahora el “arte contemporáneo” es otra cosa. Los que así piensan quieren, en vez de belleza, cambios (la moda hace eso mismo, “halaga nuestros más vulgares instintos de cambio” 1): novedades, extravagancias, provocaciones, subversiones, rupturas con la tradición… Quizá oriente algo sobre esto un ejemplo: el supuesto “artista” más rico del mundo es un tal Hirst, cuyo gran mérito es haber metido cadáveres de animales en cajas transparentes llenas de formol: un tiburón, un potro de cebra, un ternero…

Ante un buen retrato, donde parece asomar el alma de un ser humano, estos “modernos” lo considerarán “convencional” y lo despreciarán, porque lo importante ahora son las formas nuevas. Los “retratos” modernos de Picasso satisfacen estos gustos particulares de nuestra época; en ellos encontramos deformaciones acusadas o caprichosas (así, los dos ojos a un mismo lado de la nariz), pero esos retratos carecen de alma; ¿dónde está la huella del espíritu del personaje retratado en los “retratos” de Warhol?… No la hay:

“Las artes del siglo XX dejaron de ver al hombre como un ser con dimensión espiritual, para convertirlo en un simple objeto plástico” (José Jiménez Lozano, Premio Cervantes 2002). Magistral y esclarecedor resumen de toda una época. La formulación que hizo Ortega y Gasset es incluso más escueta: “la deshumanización del arte”. El hombre queda relegado, arrinconado, postergado, o ignorado, despojado de su misterio. Equivale a decir: el arte moderno se ocupa de lo aparente y se desinteresa de lo más importante. El mal llamado “arte contemporáneo” ha extremado estas tendencias y ha agravado los problemas.

«Los pintores mediocres contemporáneos de Velázquez, aquejados de la enfermedad de la envidia, siempre flaca porque “muerde pero no come”, como escribió Quevedo, le dijeron al rey que el pintor de corte sólo sabía pintar rostros humanos. “¿Es verdad?”, le preguntó el rey a Velázquez. “No conozco a nadie que sepa de verdad pintar rostros humanos. Es lo más difícil”, respondió» 2.

Estas palabras sólo son comprensibles si uno no olvida la dimensión espiritual del hombre. Un ser humano no es sólo un cuerpo material, es también y principalmente un espíritu; por eso en gran medida es un reto inalcanzable meter a un ser humano en una superficie pintada.

 

En dos lugares del texto Mi pintura (www.jrtrigo.es ) , se dice:

La viuda de Johann Sebastian Bach, Ana Magdalena, advertía: “Ya sé que existen ahora nuevas corrientes musicales, y que los jóvenes las siguen, como siguen siempre todo lo nuevo; pero cuando envejezcan, si son verdaderos músicos, volverán a Sebastián. Haciendo abstracción de que soy su mujer, o, mejor dicho, ¡ay!, su viuda, entiendo de música lo suficiente para saber que así sucederá, aunque ahora, a los pocos años de su muerte, sus obras están casi olvidadas y se prefieren a las suyas las composiciones de sus hijos Friedemann y Manuel” 3… Mozart, Beethoven, Mendelssohn, Chopin, Schumann, Brahms se interesaron por la música de J. S. Bach; no eran viejos, pero sí verdaderos músicos.

Por contraste, descendamos a un ejemplo de otra índole. Como experimento o broma, en una de las ferias de arte contemporáneo ARCO, que anualmente tienen lugar en Madrid, se expuso un cuadro pintarrajeado en pocos minutos por varios niños de una guardería infantil. Los visitantes de la feria tomaron esa obra por una entre tantas allí expuestas… ¿Imaginan ustedes el resultado, si ese mismo experimento se hubiese repetido en el Museo del Prado? Es evidente que la broma no hubiese tenido éxito, nadie resultaría engañado.

El ejemplo anterior es ilustrativo del empobrecimiento artístico a que ha conducido, con relativa asiduidad, el afán de novedades y extravagancias en nuestros días. Y asimismo pone de manifiesto otro problema actual: ciertas personas confunden la apariencia de modernidad con la calidad artística. Es una consecuencia más del afán de novedades y de que falta esa condición que ponía Ana Magdalena Bach (a la que he citado al principio): “si son verdaderos músicos, volverán a Sebastián” 4 (a la música de J. S. Bach). Parafraseando sus palabras, podríamos decir: si son verdaderos pintores, si entienden y aman verdaderamente el arte, volverán a apreciar la calidad artística por encima de la aparente novedad.

 

2. El camino de la belleza artística y su sustitución por sucedáneos y falsificaciones

 

A diferencia de los animales irracionales, que sólo perciben lo aparente de la realidad y ante ella reaccionan de una manera predeterminada por sus instintos, los seres humanos pueden adentrarse en un conocimiento de la realidad más profundo y verdadero; sólo así el hombre logra descubrir que todo cuanto existe en el universo tiene una entraña misteriosa o maravillosa. De Albert Einstein proceden las siguientes palabras: “Lo más incomprensible del universo es que sea tan comprensible”; en las leyes de la naturaleza “se manifiesta una razón tan considerable que, frente a ella, cualquier ingenio del pensamiento o de la organización humana no es más que un pálido reflejo”.

El misterio es una verdad conocida, pero tal que supera nuestra limitada capacidad de conocer. Tarea del arte es traducir por medio de imágenes ese misterio que el hombre descubre en la realidad. Así pues, el arte hace transparente ―visible en el caso de la pintura; audible en el caso de la música― lo inefable de la realidad, la cual se presenta al conocimiento humano en forma de verdad, de bien y de belleza (denominados trascendentales del ser en filosofía). La belleza artística tiende un puente hacia la verdad y el bien, intrínsecos a la realidad; es como su esplendor sensible, la irradiación formal, plástica ―visual en la pintura; sonora en la música―, de la verdad y del bien. La obra de arte es una imagen o un icono del ser humano ―material y espiritual a la vez―, pues sólo al hombre ―entre todos los seres del universo― le ha sido dada la capacidad de adentrarse en el misterio de la realidad y manifestarlo o expresarlo por medio de imágenes sensoriales.

Ante la belleza artística ―que remite al misterio, a lo maravilloso de la realidad― el contemplador humano experimenta de modo natural el estupor, la admiración, el gozo… porque se ve llevado y enfrentado ―por el arte― a aquello que él conoce, aquello en lo que él mismo está inmerso y al tiempo desborda su humana capacidad de conocer. Maravilloso significa eso: que suscita asombro. “Cuando perdemos el sentido del misterio, la vida no es más que una vela apagada” (Albert Einstein). Anteriormente ya había dicho Sófocles: “Muchas son las cosas misteriosas, pero nada tan misterioso como el hombre”.

El descubrimiento del misterio ―nunca agotado― es fuente de la incesante novedad del arte. Pero no olvidemos que se trata de una novedad trascendente, que remite al misterio de la realidad y del hombre. No siempre esta novedad auténtica o belleza artística comportará cambios aparentes. Por consiguiente, haber reducido la comprensión de la novedad artística a la novedad aparente, a la búsqueda de formas nuevas, es un error de partida que lastra al llamado “arte contemporáneo”. La clave del arte no es sorprender con apariencias novedosas, sino más bien esta otra: qué dice, qué descubre ―este cuadro, esta obra musical― del misterio de la realidad y principalmente del hombre.

El gusto por lo nuevo y por el cambio aparente ha alejado progresivamente del arte al “arte contemporáneo”. La dimensión trascendente de la belleza artística se ha ido perdiendo y, en su lugar, nos ofrecen objetos, cosas, productos de consumo más o menos decorativos y sorprendentes… que apenas superan el nivel de la pura materialidad.

Si confrontásemos la auténtica belleza artística con estos modos contemporáneos de hacer “arte”, advertiríamos enseguida la diferencia. La primera pone al hombre en sintonía con la Creación; no lo aleja de la realidad, pero conmueve al ser humano con una saludable “sacudida” (como ya dijo Platón) que lo hace salir de sí mismo; lo arranca del acomodamiento del día a día, chato y ramplón, y lo despierta de su rutina; le vuelve a abrir los ojos del corazón y de la mente, dándole alas e impulsándolo hacia arriba, hacia la constatación del misterio ―¡gozoso encuentro con lo inefable!―; lo enfrenta a tesoros perceptibles por el espíritu y revestidos de palabras, de colores, de formas diversas y, en fin, de accesibilidad.

Los modos contemporáneos de “arte”, por el contrario, recurren de ordinario a “golpes bajos” (así llamados en el argot del boxeo), a procedimientos bastardos para ganarse la atención del espectador: la subversión, la provocación, la extravagancia, la obscenidad…; esclavizan al hombre, al que parecen negarle su dimensión espiritual; reducen los horizontes de su existencia a la mera materialidad, a una visión limitada y banal; lo agarran o retienen por procedimientos extra-artísticos, entre los que no falta una orquestada propaganda, a la que se suman como comparsas del engaño los medios de comunicación. ¿Del engaño? Sí, recuérdese el cuento o fábula de Hans Christian Andersen El traje nuevo del emperador : ¡los sastres truhanes… y el rey desnudo! Consiste, pues, este segundo camino del “arte” en una fuga hacia la provocación extravagante y extra-artística o en un mero esteticismo epidérmico, sin trascendencia, que logra, en ocasiones, resultados decorativos. Lo decorativo cumple en apariencia idéntica función que lo artístico, como dos libros que decoran igualmente en una estantería, pero la diferencia esencial entre ellos está en su contenido…: uno puede ser un simple entretenimiento banal, y el otro, un texto tocado de gracia y profundidad. ¿En qué consiste el encanto de lo decorativo? En que tiene, al fin y al cabo, unas gotitas de ¡licor artístico! Pero, considerar artístico a un objeto simplemente porque es decorativo (permítaseme la hipérbole), es como considerar que una obra escrita es de gran calidad literaria simplemente porque el libro que la contiene decora en una estantería.

Uno de los signos de irracionalidad en nuestros días es que obras simplemente decorativas, cuya contemplación se agota en tres minutos, sean consideradas paradigmas de modernidad y valoradas tanto o más que obras maestras de la pintura universal. Esta debilidad de nuestra época por lo vistoso pero epidérmico retrata a quienes tienen esa clase de preferencias superficiales. Sería como valorar más un tebeo o una crónica deportiva —maneras intrascendentes de divertir o distraer— que la literatura de valores intemporales.

 

3.  La imposición totalitaria del gusto por lo nuevo y aparente

 

Actualmente se consiente la injusticia, en los ambientes “artísticos”, y se ejerce una tiranía análoga, aunque de sentido inverso, a la que se practicó en el siglo XIX: entonces los academicistas franceses excluyeron sistemáticamente de las exposiciones los cuadros de los pintores “impresionistas”, que aportaban la savia y el vigor de la inspiración a las anquilosadas normas defendidas por aquéllos. Ahora, los que siguen a pie juntillas la moda del afán de novedades aparentes, proscriben y desprecian las obras de los pocos inconformistas que luchamos por mantener encendida la llama de la belleza artística y anhelamos la conquista de valores permanentes en la pintura.

La dictadura de nuestros días, que exalta lo novedoso, quizá lo efímero, sobre lo clásico y permanente, guarda parecido también con la decadencia de la Grecia antigua; así, en el siglo I “todos los atenienses y forasteros allí domiciliados no se ocupaban de otra cosa que en decir y oír la última novedad” (Hechos 17, 21).  De un autor más próximo a aquella época que nosotros tenemos este testimonio: “ante unos atenienses que eran amigos de los nuevos discursos, pero no hacían caso de ellos ni se preocupaban de su contenido; sólo les interesaba tener algo nuevo de qué hablar” (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles, 39). La búsqueda de la verdad (equivalente en filosofía a la búsqueda de la belleza en el arte: ambas son trascendentales del ser o formas diversas de presentarse la realidad a nuestro conocimiento) que caracterizó el pensamiento de Sócrates, Platón y Aristóteles, en la etapa de máximo esplendor de la cultura griega, había sido sustituida por la búsqueda de cambios, de novedades, y, consiguientemente, por formas de pensamiento mucho más pobres: epicúreos, estoicos.

“In medio virtus” 5, la virtud está entre dos extremos viciosos, decían los sabios de la antigüedad clásica. Si vicioso era el anquilosamiento de los academicistas del siglo XIX, cerrados a todo descubrimiento que pudiese enriquecer el arte, viciosa es también la moda del afán de novedades, extravagancias y rarezas de nuestros días. Al haber reaccionado contra aquello nos hemos “pasado de rosca”. Obras primerizas, inmaduras, carentes de “oficio” y de dominio sobre la materia plástica, que poco o nada dicen del prodigioso misterio que anida en el hombre y en toda la realidad conocida…; obras aparentes —como coches con una carrocería llamativa pero sin motor— de poca o nula sustancia artística; estulticias que reciben los parabienes de los defensores a ultranza de “lo nuevo”: Blanco sobre blanco, Negro sobre negro, de Kazimir Malevich; el urinario de Marcel Duchamp… han usurpado al arte su buen nombre; intrusos colman, en ocasiones, las salas de los museos (Oí decir a un catedrático de universidad que con frecuencia, de las obras expuestas en las salas de “arte contemporáneo”, las más bellas son los extintores de incendios que cuelgan de las paredes). “El rey desnudo” del cuento de Hans Christian Andersen se ha encarnado en nuestro tiempo. La proclama “Esto es arte porque lo digo yo, que soy artista” tiene el estilo arrogante de todas las imposiciones totalitarias, también de la que domina sobre los ambientes artísticos de los siglo XX y principios del XXI.

La sinrazón se emula a sí misma. Según Marcel Duchamp, la simple selección de un objeto realizada por un “artista” es arte… No es extraño que, en el colmo del engreimiento narcisista y de la estupidez generalizada, se haya llegado a exhibir una lata cilíndrica llena de “Merde d´artiste” (mierda de artista, “obra” de Piero Manzoni) y a eso se le denomine pomposamente ¡“arte conceptual”!

 

4. Confusión e inversión de valores en nuestros días

 

A lo largo de la historia se sucedieron épocas culturales de características diversas e incluso opuestas; no faltaron algunas que exacerbaron la irracionalidad (que no es precisamente lo mejor del hombre). Dentro del grupo de estas últimas se encuentra la moda del afán de novedades y extravagancias, en nuestros días, que, pese a su prurito de impulsar la originalidad, repite con otros ropajes viejas conductas del pasado, propias de cuando el ser humano pareció menos cuerdo.

“Si me preguntaran cuál es el mayor defecto de nuestra época, respondería sin dudarlo que la confusión y la inversión de valores” (Gustave Thibon).6

“Cuando los vicios están de moda, hasta pasan por virtudes” (Molière).

“Ellos comienzan a ver que, así como el siglo XVIII se creyó la edad de la razón y el siglo XIX la edad del sentido común, del mismo modo el siglo XX no puede pensar de sí mismo otra cosa que la edad de rara estupidez” (Gilbert Keith Chesterton).

 

5. No confundamos la calidad artística con la fama

 

No es infrecuente hoy en día hallar personas responsables de instituciones artísticas que repiten lugares comunes y valoran únicamente aquellas obras que vienen precedidas de fama.

Los que actualmente controlan las principales salas de exposiciones alardean de mostrar obras de famosos como Lichtenstein, cuyas realizaciones (son simples viñetas de cómic de gran tamaño), todas juntas, tienen menos arte que unos pocos centímetros cuadrados de un buen cuadro.

Sumarse a la corriente de valorar sólo lo que viene precedido de fama puede parecer un camino seguro. Sin embargo los que así actúan cabe suponer que, de haber sido contemporáneos de artistas cuyas obras ahora son estimadísimas pero que entonces, mientras vivieron, sólo apreciaron unos pocos, también ellos estarían en el grupo amorfo de los que ignoraron o reprobaron aquellas obras.

Tampoco faltan ejemplos, en las distintas artes, de cómo han pasado al olvido o a un segundo o tercer plano de consideración obras que, cuando vivían sus autores, gozaron del favor oficial o del aplauso generalizado.

Los cuadros que pintó Rembrandt al caer en desgracia y, con ella, en la miseria, fueron obviados por sus contemporáneos. No obstante están entre los más asombrosos y profundos de toda la producción del pintor holandés y de la pintura universal.

Muchas de las sublimes creaciones de Schubert, mientras él vivía, no rebasaron el pequeño círculo de sus amigos, y sus últimas sinfonías —quizá las más importantes— fueron estrenadas cuando el compositor ya había fallecido.

El estreno de la ópera Carmen fue un fracaso y su autor, Bizet, murió sin conocer el éxito que la acompañó después. Pero Brahms elogió la obra y Tchaikovsky vaticinó que sería la ópera más popular de toda la historia, como de hecho está sucediendo.

«Especialmente amargo resultó para Vincent van Gogh el incidente de su despedida del doctor Rey, a quien ofreció de regalo un paisaje, pero, temiendo éste la burla de su familia, lo rehusó, y pasando por allí un mozo del hospital le preguntó delante del pintor si él lo quería, contestando el empleado: “¿Qué voy a hacer yo con esta birria?”, con gran decepción de Vincent, que pensaba que las gentes sencillas e ignorantes entenderían intuitivamente su pintura» 7… Lamentablemente esa certeza del pobre Van Gogh se cumplió un siglo después.
“Si yo pintara lamido como Bouguereau…” 8  Estas palabras del propio Van Gogh resumen implícitamente el rechazo de su arte, debido al predominio de los gustos academicistas en aquellos años.
Con anterioridad a la anécdota referida, sucedió otra con los mismos protagonistas:
«El doctor Félix Rey aceptó por mera cortesía el retrato que le regaló Van Gogh, y que tampoco gustaba a su familia. Pasó al desván, y luego se utilizó para mitigar una corriente de aire en la cocina. Un pintor amigo le advirtió en 1900 (once años después del fallecimiento de Van Gogh) la posible cotización del cuadro. No le creyeron, pero “por si acaso” lo limpiaron y reintegraron al desván. Avisado por el pintor, amigo común de ambos, acudió el espabilado marchante Ambroise Vollard, quien ofreció 50 francos. El padre del médico encontró indigno aceptar tanto dinero por tal “birria”, pero el doctor Rey adoptó una actitud más realista, y pidió al azar 150 francos, lo que con asombro de la familia entera fue aceptado de inmediato. El retrato está en Moscú (en el Museo Pushkin)».9

En el siglo XIX los cuadros de los “impresionistas” fueron excluidos sistemáticamente de las exposiciones en los Salones oficiales. Pues bien, las obras que entonces eran favorecidas, ahora despiertan poco interés, en comparación con la estima grande que acompaña hoy a los cuadros “impresionistas”. Comparemos, si no: los pintores en boga, en aquella época, eran Jean-Léon Gérôme, Bonnat, Carolus-Duran, Bouguereau, Falguière… (¿cuántos se acuerdan en este momento de ellos?; no entro a valorar ahora si el olvido actual respecto a esos pintores que gozaban del favor oficial y respecto a sus obras está o no justificado); los pintores proscritos por quienes controlaban las salas de exposiciones, y sobre los que llovieron los sarcasmos crueles e injustos de no pocos críticos ofuscados y cerriles, eran Manet, Monet, Renoir, Pissarro, Sisley, Cézanne, Degas, Toulouse Lautrec, Van Gogh (¿hay alguien que no los conozca hoy en día?). La mentalidad de quienes valoran los cuadros en función de la fama que los acompañe, o bien de la celebridad de sus autores, es propia de personas que no entienden de arte. Juzgando de este modo, debería suponerse que los cuadros “impresionistas” carecían de valor artístico, pues eran objeto de mofa y del desprecio oficial. Sin embargo, ¿cuántas personas adineradas podrían permitirse el lujo de comprar, hoy, un cuadro “impresionista”?… Hemos recordado cómo dos músicos, Brahms y Tchaikovsky, elogiaron sin complejos la calidad artística de la ópera Carmen, de Bizet, pese a la incomprensión y al rechazo que el público mostró hacia esa obra en sus dos primeras puestas en escena. Brahms y Tchaikovsky entendían de música y, consiguientemente, sabían juzgar por sí mismos, no necesitaban parapetarse en los tópicos o lugares comunes —tantas veces efímeros— de una época… como hacen los que entienden poco o nada de arte. “No sé cuántas modas efímeras recuerdo…” (Krzysztof Penderecki, músico polaco de los siglos XX y XXI).

Retrocedamos en el tiempo a 1790 y a 1791. «Mozart va a morir en diciembre de este año, pero naturalmente lo ignora; es entonces cuando decide colaborar en La Flauta Mágica.¿Por qué acepta? Los motivos son muchos; el primero es que no tiene más remedio que agarrarse como tabla de salvación a un encargo.
»Mozart, el genio nunca igualado, se hallaba sumido en la miseria y en una desconsoladora concatenación de fracasos.
»A principios de este año tiene que poner anuncios en demanda de alumnos (que no llegaron), pues le quedan dos.
»Cuando en septiembre de 1790 se recibió en Viena al rey Fernando de Nápoles, y éste invitó a varios músicos a visitar su reino, Mozart quedó fuera de la oferta, pese a la siempre leal incitación de Haydn, que sí fue invitado y rechazó el convite para aceptar un viaje a Londres, pero no consiguió que Mozart ocupase su lugar. En época anterior, la Ópera de Praga encargó a Haydn una ópera “buffa”; éste contestó: “Cómo me hacen a mí esta oferta, si tienen a Mozart, ¡esa maravilla!”
»A fines de 1790 se presentó una nueva oportunidad para los músicos vienenses: la coronación en Frankfurt de Leopoldo II. Para los festejos fueron contratados numerosos músicos, que acompañaban a la corte. También en esta ocasión Mozart quedó excluido del modo más humillante».10

Existe alguna película cinematográfica que falsea la realidad histórica y hace de Wolfgang Amadeus Mozart una caricatura: un necio o un cretino genial (una interpretación tan simplista y grosera sólo puede convencer a personas que tienen un concepto deforme del arte y de su ejercicio vocacional). Al margen de las mentiras del mundo del espectáculo, el reconocimiento de la genialidad no le llegó a la música de Mozart hasta la primera mitad del siglo XX (Mozart vivió entre los años 1756 y 1791).

El músico Gustav Mahler (1860-1911) es reputado como uno de los más eminentes compositores de la historia. Pues bien, en los años 50 del siglo XX raramente un director de orquesta se aventuraba a interpretar completa una sinfonía de Mahler en EE.UU., por temor a que el público abandonase la sala.

Pese al entusiasmo con que los violinistas acogen el Concierto para violín y orquesta de Jean Sibelius (1865-1957), la obra tardó en imponerse.

El reconocimiento social no siempre acompaña a las obras artísticas. Modas culturales y campañas publicitarias pueden distorsionar la valoración del hecho artístico, relegando al olvido obras muy valiosas artísticamente y promocionando obras irrelevantes. Además, el conocimiento de lo que es profundo requiere del espectador una actitud atenta y contemplativa; por el contrario, el conocimiento de lo ligero y superficial precisa, de ordinario, tan sólo una percepción a nivel sensorial y emotivo: el público abarrota los estadios de fútbol; mas no tanto los museos, las bibliotecas, las salas de concierto destinadas a la música clásica y erudita… En la primera clase de introducción a la música clásica, un profesor advirtió a sus jóvenes alumnos: “¡Es música para la cabeza, no para los pies!” (no es “música” ensordecedora o violenta, ruido que sólo sirve para mover las piernas y el esqueleto, dirigida a la animalidad del hombre… sino en verdad Música que habla a la mente espiritual y al corazón humano, y mucho más que un mero estímulo para el movimiento corporal). En medios de comunicación se anuncian los “mejores conciertos de música”; cuando uno descorre la cortina de esos titulares descubre que en realidad se refieren a los desconciertos más ruidosos y carentes de espíritu: auténticas animalizaciones que embrutecen a los seres humanos.

6. La incapacidad para contemplar es un signo de decadencia

 

Actualmente hay una inflación en el uso del término “genio” y se confunde la fama mediática con la auténtica dimensión espiritual del genio. A no pocos comisarios de exposiciones se les llena la boca con el nombre de “genios”, algunas de cuyas obras bien parecerían realizadas por un alumno que da sus primeros pasos en el aprendizaje de la pintura. A la par de esto y como consecuencia de lo anterior, asistimos a un ridículo «culto a la personalidad que el mundo moderno impone a los artistas; el mercado del arte está infectado por esta gangrena, y la sacrosanta firma del pintor vale mucho más que el propio cuadro. La pintura moderna no acaba de entender que la meta sublime y última de la pintura es encontrar una herramienta, un camino para responder a las grandes preguntas del mundo aún por descifrar, aún sin leer por completo. El Gran Libro del Universo sigue siendo impenetrable, y la pintura puede ser una de sus claves de acceso».11

Muchísimos conocen la música de los Beatles, pero pocos, muy pocos, la de Elgar. ¿Elgar? ¿Quién es?… Ni siquiera les suena ese nombre. Así pues, aunque la calidad no se deja medir tan fácilmente como la cantidad, a modo de aproximación orientativa podríamos decir que un solo movimiento del Concierto para violonchelo de Edward Elgar contiene más música que toda la que compusieron los Beatles. Y siguiendo en esta línea, que un solo movimiento de la Tercera Sinfonía de Beethoven (otros ejemplos también serían válidos) tiene más riqueza musical que toda la música ligera del siglo XX… Muchos jóvenes contemporáneos nuestros no soportan una película clásica en blanco y negro, aunque se trate de una genuina obra maestra; les aburre…; sólo les atrae la “acción”, los “efectos especiales”. O son incapaces de disfrutar ―sí, ¡de disfrutar!― leyendo una colosal novela, amenísima y profunda, como El Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. La “literatura” del chismorreo y de la curiosidad, orientada hacia la conducta vacía de los famosos (auténticos anti-modelos, en ocasiones), colma las estanterías de los quioscos y papelerías… y ―tristemente― la mente de muchos hoy en día. Alexander Solzhenitsyn puso el dedo sobre estos y otros vicios ―demasiado frecuentes― en la sociedad occidental… “miope” y “autocomplaciente” (cf. Un retrato de la sociedad occidental, en  www.jrtrigo.es ).

Si queremos levantarnos de la decadencia espiritual en que nuestra sociedad está sumida, se precisa un cambio de hábitos: de la dispersión a la concentración; de la banalidad a la trascendencia; de la frivolidad a la contemplación. ¿Cuántos jóvenes ―y personas no tan jóvenes― no se han parado nunca a escuchar las suites de ballet La Bella durmiente, El Lago de los cisnes o El cascanueces de Tchaikovsky; el Concierto para piano nº 2 de Rachmaninov; el Adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler; el Adagio para cuerdas de Samuel Barber; Cuadros para una exposición de Mussorgsky, según la espléndida orquestación de Ravel; La Mer de Debussy; el Concierto para violín y orquesta de Sibelius; El amor brujo o Noches en los jardines de España, de Falla; la suite Iberia o las dos Suites españolas (Op. 47 y Op. 97) de Isaac Albéniz, tanto en la versión original para piano como en las muy bellas transcripciones para guitarra (alguna atribuida a Francisco Tárrega); el Concierto de Aranjuez o la Fantasía para un gentilhombre de Joaquín Rodrigo?… Y podríamos seguir: ¿cuántos han tenido ocasión de oír, siquiera una vez, el Canon de Pachelbel; el Adagio de Albinoni; la Obertura de la ópera Tannhäuser de Wagner; el Trío Archiduque de Beethoven; el Quinteto con piano de Schumann?… Éstas sí son obras geniales de la música, de una belleza que no se limita a lo meramente sensorial y epidérmico, a producir una primera impresión agradable; es belleza sublime, que trasciende la inmediatez de los sonidos y nos remite a la verdad y al bien. El conocimiento de tales obras ―a las que me he referido― podría ayudar a muchos, ciertamente, a que se adentrasen en un mundo insospechado para ellos, en la entraña maravillosa de la realidad, sólo accesible al espíritu contemplativo. ¡Ésta es, en efecto, la oferta del arte con dimensión espiritual, a la medida del hombre! ¡Qué bueno sería que no pudiese decirse de nuestros contemporáneos lo que dijo el poeta Antonio Machado: “Desprecian lo que ignoran”!

Ahora hablo de mi país. Existe una dificultad añadida, entre los jóvenes, para adentrarse en el arte, como consecuencia de una educación que han recibido contaminada de subjetivismo. ¿Qué te parece? ¿Qué opinas sobre esto?… Han sido requeridos para juzgar todo, desde su muy particular punto de vista, antes de conocer mínimamente la entraña de las materias. Así han adquirido la predisposición de aprobar o de rechazar algo —“me gusta” o “no me gusta”— sólo por las primeras impresiones; les falta el hábito de querer comprender objetivamente las cosas, cómo son en realidad, no desde “mi” estrecha visión. Ante una obra maestra, uno puede experimentar la propia incapacidad o limitación para entenderla; pero puede, sin embargo, reaccionar así: “Me esforzaré, estudiaré más, hasta comprenderla mejor”. Es como si una persona, hallándose en el mar, dijese: “Remando o nadando procuraré llegar a la costa”. Los jóvenes tienden a reaccionar de otra manera (de antemano, según el “me gusta” o el “no me gusta”): “¡Que venga el puerto a mí, si quiere, que yo de aquí no me muevo!”

Siendo todavía joven, Gian Lorenzo Bernini (1598-1680) talló en mármol un prodigioso grupo escultórico, representación de un tema mitológico: Apolo y Dafne. Apolo trata de alcanzar a la ninfa Dafne; en el momento de tocarla, la muchacha se convierte en un árbol de laurel… Es la frustración que acompaña a quienes, reduciendo la consideración de la mujer a un cuerpo, por más que lo retengan… se les escapa el misterio de la persona, la verdadera realidad del ser humano cuyo afecto persiguen. Análoga frustración experimentan quienes, llevados de una fiebre consumista, buscan poseer más y más bienes…. Si uno no percibe en las criaturas (en cualesquiera creaturas del universo) una llamada a la trascendencia, el sentido del orden natural, si no se le suscita en él la admiración y la gratitud, la simple posesión material podrá dejarlo igualmente vacío en su interior: habrá aprisionado sólo las “cáscaras”, porque el misterio del cosmos se le escapa… “Estamos enfermos de ruido” (Sören Kierkegaard). Esos que no levantan los ojos del “móvil”, para enviar o recibir mensajes, o llevan colocados auriculares que saturan su atención con una ruidosa “música” machacona,  pierden lo mejor… El encanto de sonidos naturales como el rumor del mar y del viento, el gorjeo de los pájaros… el espectáculo de un amanecer o de un atardecer, cuando concurren los elementos en armonía, la explosión lenta de un árbol que se colma de hojas en primavera… y tantas otras alegrías cotidianas, ordinarias, tales como el silencioso cumplimiento del deber, participación del poder creador en el trabajo; el ejercicio responsable de la libertad, ordenado a la consecución del bien; el despliegue multiforme de la paternidad espiritual, signo de madurez en el hombre; la fortuna de tener una familia y paladear, multiplicado, el regalo del ¡qué bueno es que existes!, con el inestimable gozo de servir y de compartir tareas, horarios, afanes, vivencias… con quienes te aman y amas…; la permanente novedad de vivir sin miopía, con conciencia del don: ¡qué prodigalidad de medios naturales y artificiales convergen en mí!, ¡qué sinfín de beneficios me reporta la vida en sociedad!… Estas experiencias sencillas, ¡naturales!, interpelan al espíritu del hombre y despiertan en él cuestiones existenciales profundas. Los adelantos tecnológicos y la vida artificial cómoda parecen adormecer y ahogar, en muchos, la capacidad de interesarse por la verdad, por el bien y por la belleza. El “pensamiento débil” en nuestros días se caracteriza por reemplazar las grandes cuestiones relativas a la existencia humana por preguntas del estilo: “¿Qué plan tienes para esta noche? o ¿qué equipo ganó el último Mundial de fútbol?… Es como ir por la vida conduciendo un coche únicamente con las luces cortas… cortísimas. La cultura de hoy nos dice: “¡Consume y calla; no preguntes!”… ¡Disfruta todo lo que puedas!, que ―total― esto son dos días. Es la cultura de la frivolidad o la sub-KULTURA que elude la confrontación con la realidad natural y sobrenatural, un remedo de aquel “pan y circo” de la Roma decadente (equivalente ahora al fútbol, sexo y diversión a tope…). “No te plantees cuestiones importantes; y si te viene una pregunta inquietante, toma un Gin-Tonic para olvidar”… Este pensamiento débil contemporáneo tiene su traducción, su paralelo, en las preferencias estéticas que se han generalizado hoy en día: unos objetos acaso decorativos y aparentes, pero vacíos de contenido, muy pobres de significación y de trascendencia.

“Si no logramos que los hombres vuelvan a gozar de la vida ordinaria que los modernos llaman insípida, toda nuestra civilización estará en ruinas dentro de unos años… Si no podemos hacer interesantes ―tal cual son― el amanecer, el pan de cada día y la creación mediante el trabajo corriente, la fatiga caerá sobre nuestra civilización como una enfermedad mortal. Así murió la gran civilización pagana: de pan y circo, y de olvido de los dioses del hogar” (Gilbert Keith Chesterton).

Planes de estudios elaborados recientemente tienden a suprimir o a reducir al mínimo la presencia de las humanidades o asignaturas humanísticas en ellos: la religión, la filosofía, la historia, la literatura, las artes… La tesis que subyace en este planteamiento es que el hombre tecnológico y práctico ―que se pretende formar― no necesita, para dominar el mundo, más que las herramientas que le proporciona la técnica moderna. Pero el mero dominio sobre la Tierra no trae consigo el desarrollo de su dimensión espiritual; al hombre contemporáneo le falta un crecimiento armónico de todas sus facultades. Si carece de “luz interior” (es decir, de “esa posibilidad de experimentar el asombro y la unión con el mundo en el que estamos” 12),  no podrá contemplar, descubrir la grandeza y profundidad de la verdad, del bien y de la belleza; de éstos sólo percibirá, acaso, los aspectos más epidérmicos e inmediatos ―poco más que un animal irracional―, y no captará su entraña y universalidad, sólo al alcance de la cultura (de quienes cultivan el espíritu). De ahí que las “humanidades” y el cultivo del espíritu son remedios urgentes para subsanar las carencias individuales y sociales del hombre de hoy.

“Porque en la novela profética El mundo feliz, de Aldous Huxley, y en el Occidente actual se trata de evitar que las personas piensen por cuenta propia, que se hagan preguntas, que sufran. Se trata de que no tengan acceso a la cultura que precede a la sabiduría. Es tremendamente significativo que los dirigentes de Un mundo feliz tengan a buen recaudo las obras de Shakespeare. Igualito que los planes educativos de ahora, donde las Letras van camino de la extinción”.13

En la web www.jrtrigo.es bastantes cuadros están acompañados por breves comentarios y por análisis geométricos, que pretenden ayudar, al espectador o al visitante de la web, a pensar e introducirse en lo esencial de un cuadro en pocos minutos. En nuestro tiempo mucha gente va demasiado de prisa por la vida, sin atención para reflexionar y contemplar… o sin el bagaje cultural que le permita ahondar en una belleza artística que vaya más allá de la inmediata percepción de los aspectos plásticos.

 

7. No confundamos el progreso artístico con el ruido

 

En esta misma página web  www.jrtrigo.es  se encuentra un comentario más extenso que los demás, acompañando al cuadro La disolución de la figura (I), que toca otro aspecto del afán de novedades de nuestros días: esta frenética desbandada de casi todos los “artistas” hacia el abstracto. La figuración que evoca, recrea e inmortaliza artísticamente la realidad conocida o imaginada “ya no es moderna, ya no nos sirve, hemos de cambiar hacia otros temas”… La deshumanización del arte está implícita en esta huida. Los dos párrafos que he citado anteriormente de José Jiménez Lozano y el relativo al pintor de corte Velázquez también son clarificadores en este punto.

Las reproducciones de rostros pintados que ofrece la web www.jrtrigo.es son una muestra parcial de mi pintura, pero sí dejan ver que ésta no ha dado la espalda a los grandes desafíos de la naturaleza. “Muchas son las cosas misteriosas, pero nada tan misterioso como el hombre” (Sófocles).
Fijémonos en un ojo humano… Es todo un reto para un oftalmólogo, pero también para un artista. ¿Y una sonrisa?, ¿y un llanto?…
En la pintura contemporánea es poco frecuente encontrar al hombre tratado con respeto, sin deformaciones o desfiguraciones que hagan guiñapos de su dignidad y reduzcan al ser humano a un mero objeto plástico. Quizá, en este aspecto, pueda parecer a algunos que mi pintura es un oasis en medio de un vasto desierto.

“Un árbol que cae hace más ruido que un bosque creciendo”. Es mucho más ruidosa la ruptura con la tradición, que el desarrollo vivo de la misma; más estruendosa la extravagancia y la provocación extra-artística, que la belleza que suscita la admiración y enfrenta al espectador con el misterio; es más rápido deshacer causando una gran polvareda, mientras se deconstruye el patrimonio cultural acumulado por el espíritu humano durante siglos, que avanzar gradual y progresivamente en la conquista de la perfección y en el descubrimiento de la sabiduría…

 

8. Esté o no de moda, la calidad artística tiene seguidores

 

Además, puede resultar esclarecedor lo sucedido recientemente con Sorolla, pintor desdeñado por ciertos críticos “modernos”, debido a que su pintura se mantuvo al margen de las “vanguardias” artísticas. Sin embargo el público, libre de los prejuicios de modernidad que quieren imponer algunos (afán de novedades y extravagancias), respondió afluyendo masivamente a las muestras de la pintura de Sorolla, haciendo de él uno de los pintores más populares y universales de toda la pintura española.

Y con respecto a esto, conviene advertir una paradoja: con frecuencia los cuadros “contemporáneos” (los concebidos para sorprender con una apariencia novedosa o chocante, o por medio de extravagancias) son fáciles de ejecución, realizados de ordinario por “pintores” con poco oficio, y difíciles de comprensión y degustación. Al contrario, las obras de Sorolla son difíciles de realización, sólo al alcance de un pintor con gran dominio de la técnica pictórica, y fáciles de apreciar por el espectador; esta pintura es, en gran medida, clásica y popular, intemporal y a gusto de casi todos.

 

9. Convencionalismos de nuestra época

 

¿Qué sucedería si en unas mismas salas reuniésemos retratos de Andy Warhol y algunas obras renacentistas y barrocas de la imaginería española (cuadros del “divino” Morales, esculturas de Damián Forment, Alonso de Berruguete, Gregorio Hernández, Juan Martínez Montañés, Alonso Cano, Pedro de Mena, Francisco Salzillo?… El contraste sería evidente: aquéllos, mundialmente famosos; éstas, más modestas (relativamente menos conocidas internacionalmente). Aquéllos, faltos de complejidad y de misterio, sin dominio de una materia plástica y —consiguientemente— incapaces de transmitir algo del espíritu humano; éstas, complejas y de una expresividad inefable, con un oficio y un dominio de la materia insuperables, transmisoras de sentimientos profundos e indagadoras en el alma humana; aquéllos, banales como una imagen publicitaria que se ve y ya se olvida; éstas, conmovedoras, de una belleza que trasciende lo efímero y raya en la perfección… ¿Qué sucedería, pues, si enfrentásemos a unos y a otras? ¿Quizá se ruborizarían aquéllos, tan ricos en fama, frente a éstas, más modestas pero maravillosas?… ¡Cuán cuestionables son algunos convencionalismos de nuestra época! (He omitido las pinturas religiosas de El Greco, Ribera, Zurbarán, Velázquez, Murillo y Goya, para no rebasar el grupo de los más “modestos”).

 

10. Intemporalidad de la belleza artística

 

Los hechos prueban que el afán de novedades es excluyente; la belleza, sin embargo, abarca tanto lo que es llamado “antiguo” como aquello que se denomina “nuevo”, para darles una categoría superior y hacerlos perennemente nuevos, intemporales.

“Homero es nuevo esta mañana y el diario de hoy ha envejecido ya” (Charles Péguy).

En los últimos años de J. S. Bach la fuga parecía una forma musical agotada, caduca, casi en desuso. Más de dos siglos después, en el siglo XXI, el arte de la música de J. S. Bach —también el de sus fugas— es plenamente actual, sublime.

“En la música de J. S. Bach se conjugan admirablemente el pasado, el presente y el futuro”.14

“Al oír la música de Bach tengo la sensación de que la eterna armonía habla consigo misma, como debe de haber sucedido en el seno de Dios poco antes de la creación del mundo” (Johann Wolfgang Goethe).

“Despojar la naturaleza humana hasta que estén claros sus atributos divinos, imbuir las actividades ordinarias con un fervor espiritual, dar alas de eternidad a lo más efímero; hacer humanas las cosas divinas y divinas las cosas humanas: así es Bach; en la música, el momento más grande y más puro de todos los tiempos” (Pablo Casals).

 

11. Epílogo

 

El bebé o un niño pequeño prefieren un sonajero, de vistoso color y sonido penetrante, a un cheque de un millón de dólares. El arte moderno prefirió como tendencia el sonajero: un arte cifrado en la apariencia o en los cambios aparentes, en la búsqueda de formas nuevas que sorprendieran al espectador. Es un arte que relega lo importante en beneficio de la novedad aparente. Ejemplo de lo contrario es la música de Johann Sebastian Bach; el cual renunció, en gran medida, a cambiar las formas musicales y atendió a lo verdaderamente importante; hizo música sublime, difícilmente superable, de una Belleza que merece ser calificada ―con propiedad― esplendor de la Verdad (tal como la definió Platón) y del Bien.

La deriva errónea del arte moderno se extrema y degenera en el mal llamado “arte contemporáneo”. En éste el sonajero no sólo es tendencia, sino identificación. En efecto, el mal llamado “arte contemporáneo” es ruido, alharaca sin sustancia artística. Aquel afán de novedades y de cambios aparentes ―que caracterizaba al arte moderno― ha culminado su evolución aceptando todas las expresiones de la irracionalidad más burda y disparatada, abrazando incluso el nihilismo como si fuera la expresión más pura de la novedad. La ruptura y la transgresión han pasado a ser los postulados del “arte contemporáneo”. Ya TODO VALE con tal de que rompa y transgreda los valores intemporales, multiseculares, aquellos que encumbraron el arte hasta su máxima excelencia, como impronta sensible, material, del espíritu humano. Esta euforia destructiva, de libertad desaforada y bárbara es la festiva celebración de la agonía del arte, la intencionada aniquilación (deconstrucción), por parte de algunos, de la civilización occidental… ¡Ya es hora de que reaccionemos contra esta imposición macabra del mundialismo, que ahoga las formulaciones más preciosas del espíritu!

¿Qué es, pues, el cheque de un millón de dólares en esta analogía?

Es la VERDAD, en contraposición con la mera novedad (ha sido común a todas las épocas de decadencia, a lo largo de la historia, que los hombres se auto-engañasen sustituyendo la VERDAD por un sucedáneo como la novedad, o negándola cínicamente, bajo las formas del escepticismo o del relativismo).

Es la BELLEZA trascendente; la que no se circunscribe a las apariencias y a lo simplemente decorativo, sino que remite al misterio de la realidad (y principalmente del hombre). La belleza artística desborda la materialidad del cuadro; es mucho más que unos colores, unas líneas, unas manchas, unas texturas; supera el nivel de una epidermis agradable, de una cáscara o envoltorio llamativo (éste es el nivel de belleza que hallamos de ordinario en un coche, en una moto, en un electrodoméstico, en un vestido).

La que despierta el natural asombro en el espectador, porque lo enfrenta con la maravilla.

La que abre y cierra, con la VERDAD y el BIEN, el más hermoso anillo por el que puede discurrir el conocimiento humano (se trata de una manifestación más del logos o razón inherente a toda la Creación: natural correlación existente entre la VERDAD, el BIEN y la Belleza, trascendentales del ser).

Es el encuentro con la senda o con el ámbito del arte sustancial, el más próximo y afín a la sabiduría perenne; a diferencia del arte moderno, que es arte de apariencias o de novedades aparentes, y del mal llamado “arte contemporáneo”, que es contemporáneo pero no es arte (tan sólo, novedad extra-artística). He aquí, pues, materializados en imágenes los dos términos de la analogía: el cheque de un millón de dólares frente al sonajero.

 

Fuera ya de las cuestiones propiamente artísticas (podría figurar en las páginas de sucesos de un periódico), refresquemos la memoria para citar algunas expresiones del “progreso” artístico alcanzado en el último siglo, hitos del TODO VALE instaurado con el “arte contemporáneo”. El urinario (Fountain) de Marcel Duchamp; la Mierda de artista enlatada de Piero Manzoni; la vitrina vacía en una habitación vacía (El Vacío) de Yves Klein; el Blanco sobre blanco y el Negro sobre negro de Kazimir Malévich; el tiburón o el potro de cebra disecados e introducidos en cajas transparentes llenas de formol, así como el cráneo con incrustaciones de diamantes, de Damien Hirst; el osito de peluche gigantesco y colocado a la puerta del Guggenheim, de Jeff Koons; los “retratos” de Andy Warhol; las viñetas agrandadas de comic, obra de Lichtenstein; el “arte pop”, el “arte conceptual”, los cuadros vacíos de Mark Rothko… banalidad pura y enmarcada, intrascendencia coronada de gloria, que prueban que “si la ignorancia es atrevida, la arrogancia puede ser destructiva” para el arte y, en general, para los valores del espíritu. Hoy en día proliferan, como muestras de “arte contemporáneo”, las “performances”. Dicen que son espectáculos de carácter vanguardista en los que se combinan elementos de artes y campos diversos, como la música, la danza, el teatro y las artes plásticas. Constituyen ocasiones inmejorables que usted no debe perder, si de verdad quiere ver desfilar al “rey desnudo” exhibiendo sin pudor sus vergüenzas… Ésta es tan sólo una pequeña muestra de los sonajeros, timos o estafas sin cuento, de las “burras cojas y ciegas” que nos han vendido en la feria del “arte contemporáneo”. Salta a la vista (es la otra cara de la moneda) el cretinismo ovejuno de esta generación que se ha dejado engañar tan mansamente.

 

Otros símiles.

Si educar bien es enseñar a valorar lo importante, la labor didáctica que acompaña a mi pintura (en forma de comentarios, análisis y textos más o menos largos) tiende a facilitarle al espectador el no perderse o distraerse en lo accesorio, e ir derechamente al encuentro de lo esencial.

El arte moderno adoptó como postulado la búsqueda del cambio, de la novedad aparente. Los espectadores se han malacostumbrado a juzgar el arte de esta manera, según el prejuicio de la primera impresión que reciben y la sorpresa ante lo inusual, pero ignorando o desatendiendo tantas veces lo importante… Análoga actitud a la de quien monda un plátano, desecha el interior de la fruta tirándolo a la basura, y come la monda.

“¡Triste época la nuestra! —dijo el casi contemporáneo nuestro Albert Einstein— en la que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”.

 

El arte no es mera copia, sino idealización; el artista ordena, selecciona, interpreta, hace converger unos elementos plásticos en la significación de una idea. Esa función rectora del espíritu es ineludible en el arte; sin ella, las obras de los artífices carecerían de alma, no serían más que objetos materiales (cadáveres), quizá decorativos pero sin trascendencia, como lo son o pueden serlo un coche, una moto, un electrodoméstico, un vestido. De ordinario, la pintura y la escultura artísticas mejoran la apariencia de las cosas. Advirtamos, sin embargo, que la realidad de las cosas es mucho más que su simple apariencia. Ese mucho más (que las apariencias) es lo que capta y ofrece al espectador el auténtico arte: como si fuera el interior de la fruta y no tan sólo su monda.

Dos amigos dieron un paseo en una noche un tanto desapacible. Aparentemente los dos fueron testigos de la misma realidad; pero uno de ellos reparó sólo en los aspectos negativos, y todo lo que vio y sintió le pareció carente de interés; el otro, sin embargo, vio y sintió mucho más. Este segundo era el poeta Antonio Machado, que a raíz de la experiencia de esa noche escribió un poemita cuajado de lirismo: la luna, la yedra trepando, la calle solitaria en la que ―al caminar― retumbaban los propios pasos… Todo componía un cuadro perfecto en el que se reflejaba el alma despierta del poeta.

Ante una pintura, una persona puede ver nada más que los aspectos plásticos, la apariencia. Otra persona puede comprenderlos como expresión compleja y armónica de un significado, como la plasmación sensible, material, emotiva, de una idea. El primero ve sólo el “cuerpo” de la pintura; el segundo descubre también el “alma” de la pintura. El mundo invisible del espíritu, trasvasado en fórmulas accesibles e inteligibles (colores, líneas, texturas, formas reconocibles): he aquí la realidad única, material pero significante del misterio y de lo trascendente, que es un cuadro.

 

Al término de este texto quizá nos encontramos en mejores condiciones de comprender las sabias palabras, ya citadas, de José Jiménez Lozano (Premio Cervantes 2002): “Las artes del siglo XX dejaron de ver al hombre como un ser con dimensión espiritual, para convertirlo en un simple objeto plástico”.

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1,  6 Gustave Thibon, El equilibrio y la armonía
2  José Antonio Jáuregui, La identidad humana
3, 4  Esther Meynell, La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach
5  Aristóteles, Ética a Nicómaco 2, 6
7,  8,  9,  10  Juan Antonio Vallejo-Nágera, Locos egregios
11  Balthus, Memorias. Edición de Alain Vircondelet, capítulo 57
12  Emilio Lledó, discurso de aceptación del “Premio Princesa de Asturias” 2015
13  Alfonso Basallo y Teresa Díez, Manzana para dos
14  Alexandro Delgado, A propósito da Música, Antena 2 RTP

   

 

   

 

 

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